ACLARACIÓN

Creo que publicar esto era ya como una obligación. Mi papá nació en 1920 en un perdido y pequeñisimo pueblo en la frontera con Brasil que se llama Bella Unión. Mi papá solamente cursó hasta 3er. año de escuela primaria. Mi papá hizo muchísimas cosas, tantas que no las conozco todas. Fue herrero, mozo en un bar de putas, repartidor de leche, constructor de casas de chapa y madera y gran bailarín de tango. Entre otras cosas fue un gran flautista y la mejor persona que conocí. En los 90 papá escribió sus memorias y las publicó y fue a partir de ahí que a mí se me dio también por escribir. Ahora que lo releo, me doy cuenta de que estoy muy influido por su forma de escribir y por su forma de mirar. Y por su forma de todo. Rómpanse la cabeza para explicarse cómo el viejo, que solo hizo 3 años de escuela puede escribir así. Mi papá tiene ahora 87 años y es sorprendentemente joven y afortunadamente nos seguimos emborrachando juntos.

Abro este blog con el único propósito de poner a disposición de mis amigos blogueros el libro de recuerdos de mi padre.
Así que no va a ser un blog típico, ya que probablemente sólo tendrá una gran entrada con la historia de este personaje que es mi referente en todos los planos de la vida.
Quizá a muchos no interese esta historia simple de un hombre nacido en 1920 en un perdido pueblito de la frontera entre Uruguay y Brasil. Pero a otros seguro que sí. Es la historia de un self-made man a la uruguaya y la historia de miles de hijos de inmigrantes, porque acá supimos recibir oleadas de europeos en otros tiempos, no como ahora, que sólo sabemos irnos...
Dividí el libro en entradas que no son necesariamente capítulos. Algunas un poco largas.
De cualquier modo, si tienen ganas, aunque solamente lean fragmentos, no dejen de comentar. No sean haraganes, córranse hasta el final y dejen su comentario.
El viejo lo va a disfrutar y seguramente lo festejaremos con algún vinito o alguna grapita con limón.

El Santi

lunes, 3 de marzo de 2008

LOS CONSIGLIO

Dije adiós a los Frusto y marché a lo de Consiglio, una chacra dedicada a la viña, con su correspondiente bodega. Había varios muchachos como yo y mayores. Éramos parientes lejanos.
Otro mundo. Allá, sembrados interminables de trigo, maíz o lino, sin obstáculos para la vista. Todo estaba teñido de lejanías. Acá, viñedos de no más de una hectárea por variedad, higueras, durazneros, huerta y árboles de abrigo. Y la casa de material con un sótano para bodega. En el almuerzo y la cena se tomaba vino. Excelente. Sacó en Montevideo el primer premio de blanco y el 2º de tinto. Después de almorzar, a la hora de la siesta, cuando los viejos dormían íbamos a la bodega, abríamos el espiche de algún barril y nos servíamos otra dosis. Es que estaba racionado.
Todavía, al recordar la hora de la siesta, cuando los mayores dormían y los gurises caminábamos por la huerta, siento el perfume penetrante de la albahaca, el aroma de la uva madurando, (todavía faltaba para la vendimia), y el gusto agridulce de unas manzanitas pintonas, que igual nos sabían a gloria.
Una tarde, el cielo hasta ese momento azul, empezó a oscurecerse. Langostas. Quien no las vio, no puede imaginarse lo que son. Millones, una nube marrón que cuando baja todo lo cubre y todo se come. Solo respeta paraísos y naranjos. Reíte del caballo de Atila. Los campos quedan arrasados, los sembrados desaparecen; solo quedan algunos tallos desnudos de trigo. Yo vi caballos parados en medio de esos campos, quietos, con la cabeza inclinada, imágenes de la desolación. Y las huertas liquidadas a pesar de las latas que golpeaban los gurises para espantarlas. Por suerte esa plaga ya no existe; el gamexán esparcido por aviones acabó con ellas.

Si quisiera anotar todos los recuerdos de mi infancia pueblerina, no sé cuanto papel precisaría, y cuantos de Uds. serían capaces de leerlos sin aburrirse. Son válidos solo para mí.
Pero hay un par de ellos que creo valen la pena. Uno, tiene que ver con la capacidad de percepción que se tiene cuando niño.
Los cambios de estación se sienten, (no me refiero a la temperatura), en el tinte sutil de la atmósfera. En primavera hay una luminosidad transparente, distinta a la del verano cuando el cielo se quema con la luz deslumbrante del sol. El otoño en cambio, tiene la serenidad de los árboles quietos, envueltos en la neblina de la mañana. Ya para el invierno, sí se hace sentir la temperatura; pero aún así, el aire tiene también un color diferente, A mí me parecía otro que el de la primavera. Este tiene la tibieza dorada del polen, y aquél la transparencia fría de las heladas. Me encantaba sentarme al medio día invernal en la puerta del frente, bajo el sol, a comer tangerinas.
A medida que pasa el tiempo, vamos perdiendo esa capacidad casi mágica de entendernos con la naturaleza; pero creo que nunca, el de asombrarnos con el milagro de su belleza.

MONTEVIDEO

Y adiós a Bella Unión. Adela decidió ir a Montevideo, allá estaban las hermanas, tía Catalina y los primos Núñez Bosco.
Por un lado la novelería de la ciudad me hacía desear el viaje; pero por otro, el dejar el pueblo, el río y los compinches de juegos y aventuras me entristecía.
Salimos el 11 de diciembre de 1932, a las doce de] día, y llegamos a Montevideo el 12 a la una de la tarde. Cuando uno ve esa fecha, no le queda otra alternativa que recurrir a la frase original. ¡Que lo parió, como pasa el tiempo.! De nuevo la aventura del viaje; no dormí casi nada. Ibamos en segunda; los asientos eran de madera, pero de listones; como los bancos de plaza . Te quedaban los glúteos y el lomo, por decirlo delicadamente, como galope de gusano. Pero era verano. Había tanto para ver, arroyos, cañadas, ríos, el Arapey con sus dos lagunas enormes rodeadas de montes tupidos, (ya no existen) y los otros con los árboles indígenas asomados a sus orillas. Me parecía ver a los indios escondidos en la espesura, salir a atacar a los españoles. Tabaré en ese entonces era en las escuelas infaltable. El poema de Zorrilla, claro; si fuera el que te dije, se imaginan. Festejen, españoles, festejen. Y la llegada a las estaciones con la gente vistiendo su mejor traje y cargando sus valijas, rodeados de familiares, prontos para partir hacia la ciudad que en ese entonces parecía tan lejana. Luego el crepúsculo y la magia misteriosa de la noche. Lo tengo todo tan grabado. Pensar que de hombre recorrí el país entero con la orquesta y el quinteto; pero nunca, aunque jamás perdí mi capacidad de asombro, me ganó tanto el alma el milagro del paisaje. Se ve que los años empañan la luminosidad que nimbaba aquellos sueños.
Las casitas y ranchos entrevistos a la luz pálida de la luna, con sus lamparitas a querosén amarillentas brillando tras de las ventanas, y los montes de abrigo que como manchas oscuras acentuaban el misterio de la noche. Y al pasar por los puentes, los arroyos, cintas de plata líquida, dormidos entre los árboles bajo la claridad lunar.
A veces pienso que mi fobia por los edificios amontonados en la ciudades como cajones de ladrillos, tiene su origen en el recuerdo de distancias y horizontes.
Y al final del viaje, la estación central, con sus techos altísimos y los enormes números que indicaban los andenes.
Nos esperaban la China y Atilio su marido. (A ella le decíamos así pues era la única morocha de los hermanos). A Lola y a mí, gringos. Que les parece; era rubio y tenía pelo.
Habían conseguido un auto y marchamos por Dieciocho hasta la casa; tomamos Av. Italia, y pasamos por el Estadio, donde dos años antes se había ganado el mundial.
Toda la familia; tallarinada para festejar el reencuentro. Y vino, como te va; «¿querés un vaso ?» Para qué; aquello era espantoso. Acostumbrado al vino de Consiglio, me resultó intomable. Era frutilla; pero frutilla berreta; nunca lo había probado. Por años no tomé vino. Después uno se recupera.

Con mi complejo de inferioridad pueblerina, creía que los ciudadanos gozaban de una educación superior. Me mandaron a buscar fariña. Entonces me dije: esta es la oportunidad para demostrar mis conocimientos. Llegué al almacén;- “buen día”,‑ buen día.- “Medio quilo de harina de mandioca.” ‑¿Lu qué? dijo el galaico. –“Harina de mandioca.” ‑Di eso nu tenjo; ¿pra que sirve? –“para hacer pirón.” ‑¡¡¡Ahhh; fariña, coño!!!. ‑No somos nada.

Vivía más en lo de tía Catalina que en casa; quedaba a dos cuadras. Tenía un primo, Ariel, intelectualmente brillante. Era dos años mayor; nos hicimos inseparables. Ellos tenían una victrola de aquellas a cuerda, un lujo para la época, con discos de 78. Un día llegué y estaban escuchando Yira Yira. Como dirían ahora, quedé recopado. ‑¿Quien es ese cantor?.‑ Me miraron como si fuera un Marciano. ¡Pero cheee, es Gardel!. ¿Y quien es Gardel? Quedaron pasmados; no podían entender tal ignorancia. De ahí en más, el Mago me acompañó siempre. Con sus virtudes y defectos, fue el símbolo, la síntesis de una época que ya es historia. Y aunque a veces pase meses sin oírlo, cuando al corazón herido de nostalgia llegan los recuerdos, siempre está su voz amarrada a aquellos tiempos.
Todavía oigo, colgadas en el aire del atardecer, las voces de los muchachos del barrio que se fue, cantando a coro en las esquinas. Una costumbre que a la juventud actual, estoy seguro resulta difícil entender. Eramos más ingenuos y simples, la sociedad todavía pueblerina, y la de consumo aún no se había instalado. Todavía la felicidad vivía al abrigo de las cosas sencillas.
Para Noche Buena desde un mes antes ya estábamos acarreando juncos y pinchos. Los traíamos desde el Buceo; y aunque Ud. no lo crea, lo hacíamos cargándolos en un elástico de cama fuera de uso, al que llevábamos por Propios ida y vuelta. Era de una sola vía y angostita. Por lo que se pueden imaginar lo intenso del tránsito. Después colecta en el barrio, a comprar cohetes y el consabido Judas. En el campito de la esquina, (no había barrio donde no lo hubiera), desde la columna del alumbrado hasta algún árbol cómplice, cruzábamos un alambre para colgarlo. Debajo una montaña de pinchos. Y vamo arriba; el fósforo, y el barrio en pleno a disfrutar. En la cabeza, una bomba machaza. Cuando explotaba, fin de fiesta y hasta el año próximo. Cada cual a su casa a comer el infaltable cordero, y la también infaltable cerveza de barril, que los carros de la cervecería traían a domicilio. Una Noche Buena brindamos con Ariel por cada uno de los familiares, las fiestas, y todos los meses del año. Parece mentira, pero permanecimos incólumes. Cuestión de cultura alcohólica.
En una de esas fiestas, creo fue un fin de año , nos fuimos con Ariel, ya de madrugada, a sentamos en un banco de la plaza de la Unión. Se ve que me senté con los pies sobre un hormiguero. Cuando quise acordar me los habían tomado por asalto. Aquello negreaba; me levanté y otra que Nijinski; los que pasaban, a esa hora casi todos de la cofradía de Baco, dirían: mirá vos, festejando año nuevo con ballet; no tenía visto.

En las noches de verano había en Malvín cine en la playa. Hasta hace poco, quedaba la estructura de la pantalla; te tirabas en la arena, y a disfrutar del espectáculo; la mayoría de las películas todavía eran mudas; pero como eran gratuitas, y el clima era más decente, igual valía la pena.

LA DEPRESION, PASCUALITO, LA PROSODIA Y LA PUTA VIDA...

Pero no todas eran flores. La depresión estaba en lo más duro. Supongo que por eso nos mudamos de casa; debía ser más barata. Una casilla como las de Jacinto Vera a los fondos de lo de don Felipe, tío de la Yaya. Ahí fue donde la conocí, mucho después. Era sobre la calle J. R. Gómez, donde hoy está el laboratorio Schering. A treinta metros de lo que ahora es la Av. Centenario; en ese entonces el campito de Pérez.
Una tarde me acerqué a una barra que estaba jugando al fútbol. Un gurí de unos nueve años estaba con el pie sobre la pelota. Alguien dijo; cantá, Pascualito. Y cantó. Barrio, plateado por la luna, etc. De ese entonces hasta hoy, no me lo he podido sacar de encima. Pero él a mí tampoco.
Por la calle Monte Caseros pasaba el ferrocarril que iba a Minas; a las seis de la mañana me despertaba con el traqueteo y el pito. El mismo traqueteo que me trajo a la ciudad y con el que soñaba volver al pueblo. Pero a todo uno se habitúa; llegó un momento en que su andar pasaba desapercibido.
Donde hoy se cruzan M. Caseros y Centenario, había una cañada con sauces a los que nos subíamos. Un día monté en una rama; se rompió y abajo. Caí agachado, y con la rodilla me reventé la pera.
Fueron épocas difíciles; la crisis era terrible. El 31 de Marzo del 33, Terra daba el golpe de estado. Me impresionó el suicidio de Brum y lo que se decía de las deportaciones a la isla de Flores. De lo demás, realmente no entendía nada.
El municipio, en determinadas esquinas colocaba mesas con paquetes de carne de un quilo más o menos, creo que a 5 centésimos. Tenías que llevar lo que te tocara. Hambre nunca pasamos; la comida era barata. Una vez por semana, iba a recoger caracoles a un cerco de enredaderas; los había a montones. Los poníamos unos días en afrechillo para quitarles el olor a yuyos, y la China los preparaba con una salsa. Quedaban riquísimos.
Una vez fui al almacén a comprar un vintén de querosene. Me dieron un cuarto litro. Si señor.

Entonces me mandaron a la escuela al aire libre; todavía está en 8 de Octubre entre L.A. de Herrera y Abreu. Estabas todo el día; tenías desayuno almuerzo y merienda. El curso más alto era quinto; ahí me pusieron. Un día se habló de gramática; yo venía del Seminario. Levanté la mano, y ante el estupor de los gurises dije: la gramática se compone de prosodia, analogía, sintaxis y ortografía.La maestra me miró como a un aparecido. La verdad, en ese tiempo, sintaxis y ortografía más o menos sabía lo que eran; pero prosodia y analogía, mmmmm. Puede decirse que hasta aquí estuve en preparatorios, como se llamaban quinto y sexto de Liceo. Me refiero a la vida; ahora ingresaba a la enseñanza superior.

Como las papas quemaban, había que trabajar, así que entré como empleado en un boliche de la calle Avellaneda y Plata; ahora Laborde, en el corazón del Puerto Rico. Se llamaba La Picada. El barrio tomó el nombre de un bailongo de hacha y tiza. Era un galpón con piso de tierra; a los milicos de la republicana les hacían dejar las espuelas afuera. Nunca lo vi por dentro; en verano lo regaban para aplacar el tierrerío,
Cuando se demolió la muralla y desapareció el bajo, las chiquilinas más baratas se fueron a ofrecer su encantos al Puerto Rico. Y ahí caí yo con mis escasos catorce años y formación seminarista. Las prostitutas me tomaron cariño; realmente, con un par de excepciones, eran buena gente. Me trataban con gran ternura; algunas se divertían haciéndome cosquillas en lugares prohibidos, y yo me encomendaba a San Luis Gonzaga, defensor de la castidad adolescente, para no pecar con el pensamiento.
Al café iban payadores, guitarreros y algún cantor trasnochado. Estaban de moda los poemas románticos en blanco y negro. Malos y buenos por unanimidad. Un payador, Clodomiro Pérez, tenía un caballito de batalla:

«Caballero del ensueño tengo pluma por espada.
Mi palabra es el alcázar de mi reina la ilusión.
Mi romántica melena así lacia y despeinada
es más bella que las trenzas coronadas de Ninón.»

Tomá pa vos. Después contaba que un primo con plata lo despreciaba por ser pobre. Era tristísimo; no te lo voy a negar. Entonces los parroquianos, codo en la mesa y cara apoyada en la mano, decían: ¡que letra.! Los parroquianos eran en su mayoría proxenetas. Proxenetas es un decir. Eran los mantenidos cada uno por su mina; a veces hacían alguna changa, y los primeros días del mes se dedicaban a desplumar milicos a la treinta y una, cuando estos venían con el sueldo a comprar amor. Les llamaban cafishios de puta pobre, y realmente lo eran.
Sin embargo, no salían a robar ni eran pendencieros. Tenían su propio código de honor. Les encantaba hablar conmigo; yo sacaba a relucir mi más florido lenguaje y hacía alarde de mi vastísima (con b larga) ilustración. Los dejaba de boca abierta. “¡Que inteligente; habla como un libro”. Y yo con expresión indiferente, interiormente me palmeaba el hombro mientras sacaba brillo a mi ego.

Un medio día estaba todo Montevideo sobre los techos. Pasaba el Zeppelin. Bueno; casi todo. Menos la señora de Don Felipe, a quien alquilábamos la casita del fondo. Ella no lo hizo pues se le enfriaba el churrasco.

En el boliche se escuchaba todo el día radio Fénix; me aprendí de memoria casi todo el repertorio Gardeliano. Y no te digo nada de carreras; sabía de montas, tiempos, pedigree y jockeys tanto como cualquier catedrático. Me junté las propinas de no sé cuanto tiempo hasta tener como para jugar un boleto, y fui a Maroñas. Y aunque no lo crean, me dejaron entrar; tenía catorce años. Y me dejaron jugar. No tiene goyete, como decía Don Felipe.
Felizmente la primera carrera era de debutantes, así que tuve que jugarles, luego del paseo preliminar, guiándome por la pinta; el mío entró segundo. Menos mal. Pero aunque hubiera ganado, las consecuencias no hubieran sido terribles; no tengo alma de timbero.
Le entregaba todo el sueldo, seis pesos, a la China; las propinas las escondía en los tirantes de un galponcito del fondo donde estaba la cocina, porque si las veía, mi hermana me las sacaba. A Pascual, que trabajaba con el padre en la Bolsa lustrando zapatos y vendiendo números de lotería, la madre, doña Nieves, también se le quedaba con el sueldo; con el agravante de que le revisaba los bolsillos. Pascual llegó más tarde a ser corredor de la bolsa de valores. Eran tiempos en que los hijos tenían la obligación, así estaba establecido, de dar lo que se ganaba como cooperación familiar. Los Sábados los padres, (en mi caso mi hermana), nos daban lo que les parecía. O lo que podían.
Entonces decidimos enterrar, como Morgan o Drake, nuestro tesoro. Después de todo, lo habíamos ganado honradamente. Hacíamos un pocito en una rinconada del campito, guardábamos las monedas y las tapábamos con una lata. Siempre las encontramos.

Un día, el clandestino del café me dice: botija; me faltan diez guitas para completar diez pesos de juego; vos ponés el número y yo la plata; si sacamos vamos a medias. Entonces me acerqué al contador de luz, que terminaba en 82. Cualquier persona normal hubiera elegido ese número. Pero estás arreglado. Se ve que San Cono me iluminó. He aquí la brillante ocurrencia. 8 ‑ 2 = 6. 6 y 2, 62. Juéguele, (en ese tiempo no se tuteaba a los mayores), al 62. Y salió nomás; el quinielero lo hizo saber Urbi et Orbi. Quedé famoso ,como diría don Verídico. Me tocaron cuatro pesos, se los mandé a mi hermana. Recuerdo que mi cuñado compró por encargo un cajón de frutillas y se ganó dos pesitos más. Con seis pesos, estaba segura la comida por quince días al menos. Para ellos; yo estaba todo el día en el boliche.
Fue una época durísima; sin embargo la gente no se tornó violenta ni agresiva. La delincuencia no aumentó. Siempre hubo robos a pequeño nivel, pero la gente no mataba porque sí. No existía la escuela televisiva entre otros factores.

Lola se ennovió con Pintos; este tenía un taller de herrería y me ofreció trabajar en él. Me pagaría cincuenta centésimos diarios; unos diez o doce pesos al mes. Además, quedaba cerca y podía ir a pie. Tenía que estar 6 y 45 para prender la fragua; la jornada empezaba a las 7. Mi obligación era mantener la higiene, alcanzar la herramienta y realizar trabajos menores.
Y casi casi la patria se queda sin un servidor. Por tercera vez. Me encontré en un rincón del taller una lamparita de auto con cables y todo.
Se me ocurrió la brillante idea de prenderla atando los cables a la llave de la fragua. Pero toqué uno de los polos y me pegó una patada que me tiró a más de dos metros. Quedé temblando toda la mañana. Que les parece si la hubiera quedado; no hubieran venido ni el Santi, ni Liliana y tampoco los nietos. ¿Se dan cuenta lo importante que ha sido para ustedes mi existencia?. Bueno; espero que la Yaya no se esté matando de risa.

Volviendo a nuestro campito; jugábamos al fútbol todos los gurises y no tan gurises del barrio; cuando había luna, hasta de noche. Esto lo anoto pues tuvo mucho que ver con mi destino. Ahí me hice amigo de Javier, hijo de quien fue luego mi maestro; eso fue más adelante.

Sobre la calle Faimalla daban los fondos de lo que era la escuela de nurses, hoy oncología. El cerco estaba compuesto por una sucesión de moreras, y bajo estas, cañas de bambú. Era el auge de las películas de Tarzán. Ahora pienso cuanto más simples éramos los gurises de ese tiempo; tremendos grandotes y nos sentíamos todos Tarzanes. Nos subíamos al primer árbol, y de rama en rama los recorríamos todos. Un día, uno de los Tarzanes le erró a la rama de turno y cayó sobre la cañas. Quedó duro. Yo tenía el corazón (es un decir), a dos manos. Era el más grande y pensaba con que cara se lo llevábamos a la madre. Pero felizmente se recuperó; los gurises tienen Dios aparte.

Una tarde estaba en casa leyendo cuando llegó Felipito, hijo de nuestro casero. Che, se mató Gardel. ¿QUE? Que se mató Gardel. Estás loco; mire si se va a morir Gardel. Y yo tenía razón. No murió ni morirá. Y no cabe duda, cada día canta mejor.

DE INOCENCIA Y TRAVESURAS.

En J.R.Gómez, pero del otro lado de Larrañaga vivía una Sra. de edad. Una vieja de porquería. Nosotros empleábamos otra palabra; pero el que escribe para la posteridad debe ser muy cuidadoso con el lenguaje. Esa Sra. tenía el atrevimiento de rezongarnos cuando nos veía fumando. Por lo que decidimos darle una buena lección.
Olvidé decir que en el boliche, empecé a fumar. Como todos los gurises, para hacerme el hombre. Como disculpa, no muy válida diré que no había propaganda en contra y que nuestros ídolos fumaban. Gary Cooper, Tom Mix, Gardel, etc.
Y con el propósito de hacer efectiva dicha lección, aguzé mi habilidad e inventiva. Modestamente. A un caño de los usados para instalaciones eléctricas (entonces eran de hierro), hice un orificio para pasar la mecha de un cohete; practiqué una rosca en el caño, en la herrería, claro, y le adosé una artística culata de madera. Me quedó de exposición. Ponía el cohete dejando la mecha afuera, cerraba el orificio con un tornillo, y estaba pronta para cualquier emergencia. Como por ejemplo, la dulce venganza.
De modo que una tarde cuando la Sra. estaba en la puerta como de costumbre, entablamos una violentísima discusión con Pascual. Arrimé el cigarrillo a la mecha, apunté Y ¡PUM! La doña se metíó en la casa y cerró la puerta. Que barbaridad; le pudo haber dado un infarto. Claro que lo hacíamos sin maldad. Vamos a dejarlo así.

Una noche en R. Gómez y Larrañaga, estaba la barra en pleno. Pascua] decidió que la luz era demasiada y le tiró una pedrada a la bombita. Le erró, pero le pegó a la pantalla. Y hete aquí que en ese preciso momento le da por pasar a un representante de la ley y el orden. Para peor, en bicicleta. Reíte del record de los 100, 200 o 500 metros. Esa noche se batieron varios. Pascual me dijo después que hasta Industria no paró; en cambio yo, no sé si el susto me paralizó; la cosa es que me quedé como víctima propiciatoria. Se me acercó el uniformado, y:»¡Que lindo!»; «así que rompiendo bombitas, ¿Eh?’’ Yo recurrí a mi mejor cara de mártir ofendido. «Pero si ni los conozco. ¿Le parece que si hubiera sido yo me hubiera quedado?, pasaba por aquí de casualidad» No sé si me creyó o me tuvo lástima; la cosa es que me dejó ir. Entonces, a paso firme, me fui a lo de Pascual a fanfarronear haciendo alarde de mi ingenio y sangre fría. Y esa noche me salvé dos veces; del milico y del Ñato; era el perro de Pascual, un bulldog más malo que Gianola. Siempre estaba en el fondo del terreno. Lo soltaban de noche y cerraban una puertita que separaba el frente del fondo. Entré, vi la puerta cerrada y sin pensar la abrí. En cuanto lo hice pensé; ¡zas; el ñato! Me volví, pero cerré la puerta sin traba, no podía perder tiempo. Si Pascual y los otros bajaron récords de velocidad, yo bajé los de vallas. Salté la verja como una luz, mire. Y en cuanto llegué a la vereda, la frenada del ñato contra el portón, y recién un solo ¡GUAU!. El hijo de puta no ladraba, pero estate tranquilo que mordía.
Un día, en un cerco de transparentes descubrimos un enjambre. Las abejas están atiborradas de miel, pues deben llevar reseva hasta encontrar nueva habitación; entonces pican solo si las molestan. Era casi en la esquina. Bastó verlo para ocurrírsenos, es un decir (el ideólogo de las trapisondas era uno que yo sé), una de nuestras bromas inocentes. Con cuidado atamos un hilo de cometa a la rama, nos sentamos en una verja a buena distancia y esperamos.
Cuando pasaba alguien, sacudíamos la rama. No pasaba nada; que frustración. Hasta que llegó un tipo que se ve tenía una cita. Se había mandado la pinta; se usaban los ranchos de paja. Tenía uno nuevito. El pobre se paró cerquita de la rama; sacudíamos y nada, hasta que en una de esas,¡ paf¡ un manotazo al pescuezo, otro a la otra mano, y usando el rancho como arma defensiva, emprendió vertiginosa carrera.
Lo veo clarito como en una secuencia cinematográfica, con su traje azul y camisa blanca. Pobre tipo. Ya sé; fue una salvajada. Pero que quieren que le haga; cada vez que me acuerdo me río; ahora mismo lo estoy haciendo.
Estarán pensando que éramos flor de fichas. Claro que lo éramos; pero voy a romper una lanza en nuestra defensa. Jamás rompimos vidrios de ventanas ni enchastramos paredes; y si tomábamos por asalto alguna quinta con el legítimo derecho de expropiar algo de fruta, ni por asomo se nos ocurría cuando aparecía el quintero, insultarlo y mucho menos hacerle frente, así fuéramos una barra numerosa. Sabíamos que éramos culpables; no se nos veían las patitas. Ni por asomo se nos ocurría hacer daño por el gusto de hacerlo. No tomábamos nada; pero si lo hubiéramos hecho, al que le diera por romper botellas y desparramar los vidrios, seguramente los demás lo hubiéramos llamado al orden. Y ni soñar el faltarle el respeto a los mayores. A la Sra. que nos rezongaba por fumar, jamás le contestamos; sabíamos que tenía razón. La prueba está que por esa causa le pegué un tiro a Pascual.

Un día Atilio me llevó al Estadio a ver a Peñarol y Flamengo. En Peñarol jugaban Lorenzo Fernández, Anselmo, Iriarte, Gestido, todos campeones mundiales. Le dieron flor de paseo a los brasileros, pero estos ganaron tres a dos. Volvieron a jugar y empataron. Después, Nacional jugó contra el mismo Flamengo. En Nacional jugaban Nazzazi, Petrone, el vasco Cea, y el brasileño Domingos da Guía, el jugador más elegante que he visto en mi vida, y uno de los mejores. Seis a cero. Esto es un cuadro, me dije. Y me hice hincha de Nacional. Lo que demuestra que en mayor o menor grado, todos tenemos algo de masoquistas.

Cuando yo tenía plata y Pascual no, pasaba lo mismo que cuando era al revés; eran bienes compartidos. Ibamos al cine, (en el barrio había cuatro) a la matinee; si te querías quedar a la vermouth tenías que pagar como diez guitas más.
En ese tiempo hasta los cines de barrio se daban el lujo de tener cuatro acomodadores. Al terminar la matinee, venían recogiendo las entradas; uno de cada lado de la fila central, y los otros para cada una de las laterales. Pero como la fila central era la más concurrida, los de las laterales se les adelantaban. Está mal que lo diga, pero una vez más mi talento dio sus frutos. Me dije: si nos sentamos en la orilla de la fila central, esperamos que pasen los de las laterales que siempre se adelantan y nos corremos hacia estas, nos colamos como unos campeones. Y así fue. Vimos cantidad de películas gratis. Un día en el cine de Tierra Santa daban el Jorobado; el cine estaba lleno; solo quedaba el asiento lateral derecho de la primera fila. Nos sentábamos un rato cada uno en el asiento o en el posa brazo. Las imágenes se veían todas deformadas.
Hasta que una vez, en plena función, sonó a nuestra espalda una voz ominosa: «¡entraaadas!» -Con voz ofendida: «¡pero si ya las dimos!»- «¿A, sí?. Vamo pa fuera, vivos.» De ahí en más, los acomodadores se esperaban. Así es la vida, todo pasa.

El Parque Central no tenía secretos para nosotros, el estadio actual no existía; las gradas eran de madera. Ibamos siempre a las prácticas; yo vi a Scarone hacer, con el palo de sostén del travesaño, corriéndolo, un arco de medio metro. Se hacía tirar pelotas, (sin artículo) y a la carrera embocaba tres o cuatro de cada cinco. Era impresionante, solo una vez le atajaron un penal.
En el viejo parque hubo corridas de toros, carreras de galgos y de motocicletas. Para nosotros no tenía secretos; conocíamos cada sitio por donde colarnos.
Había fabricado con dos latas de pomidoro y un hilo de cometa encerado, un teléfono con el que nos comunicábamos con Pascual; el desde la azotea de su casa, y por sobre el terreno del vecino yo desde la mía. Nos escuchábamos lo más bien. Que me venís con Graham Bell.

Atilio había comprado un camión Ford T. A plazos, me supongo. Era muy busca vida. Ibamos al mercado viejo, el Modelo no existía. (Yo lo vi construir). Al recordar, siento los olores de la albahaca, los duraznos y cebollas. Ibamos siempre de madrugada. En invierno, cuando quería hacer arrancar el camión, le levantaba una de las ruedas traseras con el gato para que le sirviera de volante, echaba nafta en las bujías, y a la manija. Dale que va. A veces había que calentar agua y ponerla en el radiador. Cuando arrancaba se mandaba unos corcoveos, toses, explosiones y golpeteo de bielas, que seguramente aterrorizaba a todo el barrio.
De modo que también fui verdulero, aunque por poco tiempo.
Un amigo que trabajaba en una fábrica de bisagras y cerraduras me dijo que ahí pagaban un peso por día; un fangote, mismo, como diría el pulga. Campos y Rodríguez era la firma. Bretánicos.
El transporte era caro comparativamente; 5 cts. el ómnibus, y 4 el tranvía; el jornal medio era de 1. 50 a 2 pesos. Los canillitas viajaban gratis; bastaba con llevar un diario bajo el brazo para hacerlo. De modo que todo bárbaro; con un diario como prueba de mi oficio me ahorraba el pasaje; así que a fin de semana tenía $ 1.10, más los 0.50 que me daba la China, (la quincena, por supuesto la entregaba toda en casa), tenía un dineral. Cigarrillos Rodelú, mentolados, matinée y vermouth, toda la tarde en el cine; y a la salida una masa de diez cts. para cada uno. Un lujo.
A veces, para variar, nos «tomábamos» el tranvía; algunos tenían el paragolpes saliente; entonces nos sentábamos con Pascual, claro, y viajábamos barato.
Los sábados se limpiaban las máquinas de la fábrica y, por apurado, lo hice sin detenerla. Me agaché a limpiarla abajo; dejé la mano en la mesa y toqué el pedal. Era una perforadora de bisagras; con un solo golpe hacía los tres agujeros. Sentí el aire cuando los punzones pasaron a un centímetro de mi mano; si me agarra, ahora tocaría el corno o la trompeta.
Luego un señor que hacía casas de chapa y madera, como las de Jacinto Vera, me ofreció mejor sueldo. Y allá fui. Hicimos varias; en Colón, Sayago, etc. Me escandalizaba lo desprolijo del trabajo. Acostumbrado a lo de Pintos, que no permitía un defecto, esto era de terror.
Cada tanto solíamos ir al arroyo Miguelete a la altura de Propios. Caminábamos un par de cuadras a la derecha, hacíamos un asadito entre los sauces y nos bañábamos. Aunque Ud. no lo crea. Ahora, cuando paso por ese lugar y veo los cantegriles con los gurises en la mugre y entreverados con los perros, pienso en los defensores de la economía de mercado y los puteo con toda el alma.

De la niñez y adolescencia, además de los relatados quedan cantidad de recuerdos; pero son recuerdos nomás. No son luminosos. Los que quedaron en la memoria del alma, todos lo son, y muchos tienen hasta color. Hay una enorme diferencia entre los recuerdos de la lejana infancia y los que, ya mayor, me quedaron de la Orquesta o el Quinteto. Tal vez porque en cada época el depositario de esos recuerdos no era el mismo.
Es muy difícil de explicar. Cuando llegan los de aquellos tiempos siempre están rodeados de luz. Viven en la luz. En cambio los que tengo de grande, son hermosos, (algunos), pero, no encuentro otra definición, normales. Y aunque el transcurrir del tiempo los tiña de nostalgia, seguramente esa nostalgia no será la misma que envuelve a los de la niñez.
Les faltará esa luz Uno tendría que ser capaz de vivir cada momento intensamente, para que cuando esos momentos fueran ya recuerdos, los trajera de la mano la nostalgia.
Por que, como dice García Márquez, hay que tener cuidado cuando aparecen los primeros síntomas de resistencia a esa nostalgia. Si eso sucede, es que nos estamos endureciendo. Y, como dijo Ursula, cuando eso pasa a un hombre, ese hombre es capaz de cualquier cosa.

LA KASDORF Y EL SOCIALISMO

Y a la siguiente etapa. Un pariente me consiguió trabajo en la Kasdorf, reparto de leche y subproductos. $30 por mes. Barbaridad. Coincidió con mis diez y siete años, y fue realmente una época intensamente vivida. Guerra de España, manifestaciones impresionantes; la gente era solidaria con la República. Se donaba un jornal por mes; la ración del miliciano.
Mi radio de acción era de Andes a Ejido y de Colonia a Cerro Largo. Las calles; no los departamentos. El reparto lo hacía en un triciclo que en los repechos me dejaba de cama, o con un carrito de mano de tres ruedas; en las bajadas metía una en la vía, (había tranvías, claro), afirmaba un pie en el soporte de la trasera, y me dejaba llevar. Te imaginás ahora por Mercedes o Colonia. La Kasdorf estaba en Uruguay casi Paraguay‑ y por Paraguay entre Uruguay y Mercedes, la Casa del Pueblo. Ponían en el frente carteleras con el Sol, el periódico del Partido. Yo me paraba a leer los editoriales de don Emilio Frugoni. A esa edad, con el fascismo atacando a la república Española, sinónimo de libertad, y la dictadura de Terra, (dictablanda le decían), uno sentía la necesidad de ser protagonista, como dice el Pulga, de la hora crucial de la historia. A los diez y siete años, no conocemos en su totalidad al género humano. Por suerte. Entonces ingenuamente pensamos: La gente es a veces egoísta e indiferente porque no está informada. Cuando conozcan lo que es el socialismo, el mundo va a ser una maravilla. Y me puse a trabajar con los jóvenes del Partido. Se había llamado a elecciones; el Batllismo y el Nacionalismo Independiente se abstuvieron. El Socialismo presentó candidatos y proclamó a Frugoni. El comunismo lo apoyó. Salíamos de pegatina; preparábamos el engrudo con harina y soda cáustica. Al regreso en la madrugada, en una olla grandota, panchos calentitos. Casi tan calentitos como nuestros sueños e ideales.
Y fuimos a la proclamación en el Stella D’ltalia. Discursos incendiarios, y a la salida plenos de fervor libertario, a manifestar. Cuando llegamos a Diez y ocho, nos esperaban los coraceros; las manifestaciones estaban prohibidas. Recuerdo que habían sillas desarmables recostadas a los árboles como para un desfile. Que los parió; me parece que los veo atropellar con los caballos sable en mano, (carabina no tenían) y a nosotros protegemos detrás de las sillas. Un oficial agarró a un muchacho y le dijo; a ver hijo de puta, gritá ahora. Y gritó nomás. ¡Abajo la dictadura!. El milico lo soltó y le acomodó el sable en las costillas. Pero nada más. Si hubiera sido en la dictadura de verdad, pobre gurí. En ese entonces era más bien un deporte gritarles a los milicos y tratar de que no te agarraran. No habían gases ni tiros; te reventaban a sablazos si te alcanzaban. No había otras consecuencias Así que ahí empezó mi militancia.

EL PIROPO Y LOS BAILES

Y a otra cosa. No sé si me creerán, pero excepcionalmente dije piropos a una mujer. En la calle, por supuesto. Y una grosería jamás, no entiendo a quienes lo hacen. Pero toda regla tiene excepciones. Por eso lo cuento. Muchas veces iba a lo de un amigo, el flaco Fabio; Pascual se acuerda de él. En una oportunidad estando cerca de su casa veo venir a una gurisa preciosa, con un par de atributos prisioneros de la blusa. Y me salió una guarangada propia de los diez y siete años. «Que hermoso sería soñar despierto sobre esa almohada.» O algo así. Pensé que era muy poético.
Llego a lo del flaco y al rato, ¿quien apareció?. Adivinen. –“Mi hermana, dijo el flaco;” ‑el mayor gusto, dije yo. ‑Tierra; se buenita, tragame. ‑Sin embargo, no se había ofendido demasiado; en el fondo de los ojos le bailaban los diablitos de la risa. Después nos hicimos muy buenos amigos; pero la almohada no me la prestó. Egoísta.

Y debuté en los bailes. En Diez y ocho casi Ejido había un seudo club; la casa D’ltalia. El figurar como club hacía que no rigiera la ordenanza de lo diez y ocho años mínimo. Yo tenía diez y siete y Pascual catorce. Era muy alto para la edad. Doña Nieves no lo dejaba ir, pero él se las ingeniaba para escaparse por la ventana.
Hubo que pagar derecho de piso. Si no bailabas bien, pero bien, las nenas no te salían. Pero todo se aprende; tanto Pascual como yo, llegamos a bailar bastante bien. Modestamente, yo diría que muy bien.
Después de tanto años, una noche reciente nos sentamos con la Yaya en la Pasiva del entrevero a comernos un pancho, cuando de pronto suena un tango. Parejas de veteranos pero también de chiquilines salen a bailar. Eran, son la gente de joven tango que mantienen viva la llamita. Bailan como lo hacíamos nosotros. Un torbellino de recuerdos me cayó encima, y pa’ que lo voy a negar, una suave tristeza dulce y tibia me apretó el corazón.

Los habitués del club éramos una cofradía de patos crónicos; en ese entonces los papitos no le daban a los nenes para los vicios. Pero tal vez porque nada teníamos, todo lo compartíamos. De pronto alguien se acercaba y sin explicaciones, estaban de más, te pedía diez guitas. Si las tenías las dabas sin preguntar; sabías que era para alguien a quien le faltaba para la entrada. No importaba quien.
Me sucedió algo, lamento no saber el nombre del protagonista. Sé que era un tipo fuera de serie, de esos que te reconcilian con la especie de la que mucha veces dudás. Yo estaba en la puerta del Vaccaro esperando, por casualidad, claro, a una gurisa; veo que se baja del tranvía un muchacho conocido; pero no de la barra y mucho menos amigo. “¿Que hacés?” “Y, aquí, esperando a la gorda.”(En ese entonces se usaban más gorditas). Se ve que no me creyó; evidentemente él venía al baile. Sin embargo, cuando pasó un tranvía, me puso en la mano un montón de monedas y se lo tomó; se quedó sin entrar. Ojalá, aunque no sea mucha, haya siempre gente así.

Sería de nunca terminar el pretender contar todas las anécdotas graciosas de esa época. Pero hay un par que valen la pena, Cuando por alguna circunstancia en el club no había baile, lo buscábamos donde lo hubiera. Hay en el P.Rodó una construcción, el yate, en cuya terraza se bailaba en la temporada veraniega. Es bueno decir que en ese tiempo en el P. Rodó prácticamente todos los locales tenían números vivos; orquestas, cantores, etc. En el Yate eran dos orquestas; típica y jazz. Y allí fuimos con mi compañera (de baile, eh!) y una francesita que lo era de un amigo. Era una muchacha rubia, espigada, preciosa. Entré pisando fuerte con una mina en cada brazo. Pobres de ellos. Todo bien, hasta que de pronto se me acerca un miliquito; me acuerdo que el desgraciado era bizco. «¿Que edad tiene?¡’‑ diez y ocho. «Documentos,»‑ no los traje.
‑Vamos nene, afuera. Y tuvimos que hacer un mutis humillante. La francesita muerta de risa; «así que diz y ochó ¿eh?, ja ja.» Odiosa.
Y algo que pinta la diferencia de época; en lo que se refiere a seguridad en la calle. Una noche, madrugada mejor dicho, una gurisa compañera de un amigo, me pidió pues él no había venido, que la acompañara hasta Sayago. Desde Diez y ocho y Ejido. A riguroso patacón; a esa hora ómnibus ni soñar. Y allá fuimos, sin tener un solo problema.
Y yo con mi compañerita de baile, nos íbamos por Ejido hasta la rambla, por esta hasta el P.Rodó al que cruzábamos para llegar a sentarnos a la orilla del lago. No piensen mal; estaba todo iluminado, y aunque no lo estuviera, en ese tiempo no se estilaba el hacer exhibición de efusividades. Las intimidades eran íntimas. Por otra parte, íbamos a discutir sobre temas edificantes. Como por ejemplo, parafraseando a Frugoni, que por ese entonces había escrito “Génesis, esencia y fundamentos del socialismo”, nosotros tratábamos el tema más profundo de génesis esencia y fundamentos del amor platónico. Claro que era un tema difícil de entender, y por más esfuerzos que uno hiciera, más difícil aún de practicar. Jamás fuimos molestados. Ni se nos ocurría que eso sucediera. Calculá hoy.
Se habrán sorprendido de saber que en esa época había muchachas que iban a los bailes sin la compañía de las mamás. Eran las pioneras de la libertad. Claro que no las miraban muy bien. Más bien nada bien. Pero ellas habían pegado el grito de Asencio, para nuestra felicidad. Y la de ellas. Eran, la mayoría, excelentes gurisas. Sin despreciar, dijera don Verídico.
En carnaval bailábamos en el Salvo, el Vaccaro, el P.Central, donde ponían lonas sobre las canchas de tennis. Se llenaban, y hasta que ardan los candiles. Habían cuatro o cinco orquestas. Era una seguidilla; matinée, vermouth y noche. Sábado, Domingo, Lunes y Martes. Llegaba a casa a las cuatro o cinco de la mañana, una ducha, y al trabajo. Siempre me dormía en el ómnibus. Un día que me pasé como de costumbre y me bajé en Río Branco, agarré por Agraciada y al llegar a Mercedes donde había una terminal de Omnibus interdepartamentales, vi una barra de gente con bolsos; pero la vi cuando me desperté contra la pared. Me había dormido caminando.
No sé si fue ese año o el otro; una mañana me sentí tan mal que no pude seguir, dejé el reparto y me fui a casa. Me acosté, la China me llevó la cena; no almorcé, dormí todo el día, la noche y el día siguiente hasta las cinco, y me curé. Fanático es lo que tiene.
Y la última de carnaval. Vivíamos en Industria, ahora Serrato. Salí de nochecita y me crucé con dos gurisas disfrazadas. ¿Me llevan?, como no, vení; y me agarró cada una de un brazo. Charla va broma viene, quedamos de encontrarnos al día siguiente con la que me gustó màs, en Propios y Comodoro Coé. Me puse la pinta, me mandé la peinada y a esperarla.
Salió de una casita en la mitad de la cuadra. Cuando se acercó, ¡pah!; ya no sos mi Margarita!. Con el antifaz y una blusa de fulgurante pegaba el golpe; pero a la luz del día, no es que fuera tan fea; es que tenía unas manchas sospechosas en la blusa y en el pescuezo. Mamita querida... “Buenas,.... “buenas.” –“¿Como estás?”—“bien ¿y vos?”, ‑“bien, gracias.” ‑Bueno; ¿que te parece, damos una vuelta?,‑“ esperá que voy a avisar en casa”.‑ Ni bien cruzó la puerta, puse en práctica uno de los tantos refranes de mi viejo. Disparar no es cobardía sino velocidad en las piernas. La casa de Tía quedaba a pocas cuadras. Llegué de lengua de afuera; cuando les conté a Ariel y Santiago, no paraban de reírse. Seguramente ahora no lo hubiera hecho. Debí buscar una excusa para no herirla.

Entonces estábamos expectantes de los sucesos de Europa; la guerra estaba al acecho. Hasta que estalló, vivíamos pendientes de los informativos radiales y del cine.

EL BOXEO Y EL MEDIO Y MEDIO.

Como tenía una bronquitis rebelde, un amigo me aconsejó ir a una academia de box cercana, pues según él, con ejercicios, un baño bien caliente y luego uno frío, santo remedio.Y fui; hacíamos cuerda, punchingbol y guantes. Después los susodichos baños. Y se me curó nomás.
Pero el hacer guantes era muy lindo; y Constanzo, el dueño de la academia, (había sido vice campeón de peso pesado en el panamericano de Texas), se divertía con los gurises. Vos dale que si no él te va a dar a vos. Era unos guantes enormes, almohadillados; no te lastimaban. Yo andaba bastante bien. Pero un día me tocó un zurdo, tienen la guardia al revés. Era muy novato; tiraba las trompadas a lo carrero; las veías venir de lejos y te divertías esquivándolas. Pero de pronto, no me pregunten cómo, me encontré con un guante a un centímetro de la cara.
No me divertí nada. Un piñazo, mire, que me sentó y sacó chocolate de mi naricita. No hay que olvidar que iba a los bailes; macana que la pinta es lo de menos. Después de todo, uno tenía cierto arrastre. ¿Y si me queda la nariz mirando al sur?. Me había curado la bronquitis y no pensaba ser profesional. Así que ahí terminó mi carrera de boxeador. Por otra parte, nunca tuve vocación de gladiador.

Y llegaron las diez y ocho primaveras; había que festejarlas, pero entre pocos; cinco o seis amigos. Compré unas aceitunas, queso, mortadela y un litro de medio y medio. Es una mezcla de caña y vermouht por partes iguales. Como sucede siempre faltaron algunos, y quedamos Ariel, Pascual, y yo. Charla va, copa viene, la botella fue quedando vacía. Siempre fui resistente para los festejos etílicos; la prueba está que llevé sano y salvo a su casa a Pascualito que tenía un cohete monumental. El había empezado a estudiar la trompeta, y le había dado con que sería el mejor del Uruguay. Su mamá, doña Nieves lo llevó a su dormitorio en el altillo, lo metió en la cama y bajó a rezongarme. Para ella yo era un hijo más. Y cuando estaba haciendo gala de mi diplomacia para explicar el insuceso, aparece en el descanso de la escalera, en calzoncillos y vergonzosamente beodo mi defendido. «¡Voy a ser el mejor trompetista de Montevideo!» Y otra vez a meterlo en la cama, y al minuto la misma escena. Mamao reiterativo si los hay. Hasta que el medio y medio se debe haber cansado de tantas idas y venidas y decidió abandonar tan inestable vehículo. Otra que la fuente del Puma. La mancha no se borró por años del piso. Que vergüenza.
Y cumplió en parte la promesa; no fue el mejor, pero tocó muy bien la trompeta en las más famosas orquestas populares de la época. Que ya es decir.

Otro hecho en el que el conocido medio y medio fue una vez más protagonista. Fue en un Domingo de clásico, al que una barra de siete u ocho decidimos concurrir. Como es , (ya lo era) de rigor, quedamos de encontrarnos en la Olímpica debajo de la torre. Por supuesto acompañados como corresponde por la consabida botella. Debe tenerse en cuenta que no era habitual llevar el mate. Nadie lo hacía; eso se hizo hábito durante la dictadura. Por otra parte éramos ocho; en tres horas y media o más que transcurrían entre los partidos de reserva y primero, los ciento y pocos gramos per cápita resultaban absolutamente inofensivos. Pero el hombre propone, y quienes deciden son las circunstancias. Cuando llegamos, cerca ya del comienzo, el estadio estaba completo. Solo conseguimos entradas por separado; a mí me tocó junto a dos compañeros platea América. Nunca vi tan mal un partido; es un lugar caro y horrible; se está casi a nivel de la cancha. Las jugadas más importantes, cercanas a los arcos, se veían difusas a través de las piernas de los jugadores. Por supuesto no había replay. Como habrán adivinado, el que los otros integrantes de la patota estuvieran ausentes, no fue motivo para dejar de lado el consumo colectivo; restringido en lo numérico, no se puede negar, pero acorde con los aconteceres del momento. No debe olvidarse que el que escribe era el dueño de la botella. De los tres, dos éramos bolsos y el restante manya. Ganó Nacional 3 a 1. Es lógico; en este país los cuadros grandes, salvo algún accidente, siempre ganan a los chicos. Pero el problema era que tanto las penas como las alegrías eran motivo de libaciones. Así, si el gol era de Nacional, los dos bolsos lo festejábamos con sendos tragos; y el manya hacía lo mismo pero para olvidar las penas. Y viceversa.. Además, las buenas jugadas tanto de unos como de otros, y en ese tiempo las había para elegir, bien merecían un brindis; así que la botella pronto quedó huérfana de contenido. De manera que al terminar el partido, cuando salimos a parque traviesa a los tres hinchas de nuestros respectivos cuadros, muy poca sangre nos quedaba en el torrente alcohólico. Pero se nos ocurrió hacerlo corriendo, los tres en una misma línea y pasándonos la botella convertida en pelota de rugby. Pero olvidamos un detalle. En un parque que se respete los árboles no pueden faltar. Y si alguien corre en línea recta mirando hacia el costado, en cualquier momento puede encontrarse alguno. Fue lo que sucedió; el desgraciado no fue capaz de hacerse a un lado. No sabe el que no pasó por esa experiencia la impresión terrible que se lleva el que la vive. Me quedó por un rato un zumbido en los oídos y un dolor lacerante en el hombro derecho. Lo que enseña que: si tomás medio y medio y gana Nacional, no debes correr sin mirar al frente con una botella por el parque. Luego de tan violento final de nuestra diversión, a paso tranquilo nos dirigimos hacia Ocho de Octubre para terminar el domingo en el club donde bailábamos. Pero era temprano; en el camino se nos ocurrió jugar una carambola. En Ocho de Octubre, a la altura de donde hoy está el túnel, había un antiguo café. Entramos, pedimos las bolas y a jugar. El señor, un galaico, cuando empezamos el juego se dio cuenta de nuestra euforia. Entonces se pará cruzado de brazos a nuestra vera por si rompíamos el paño. Todavía me parece verlo. Felizmente no pasó nada. Llegamos al club, y mientras bailaba con una gurisa amiga pues no había llegado mi compañera, me preguntó; ¿qué te pasa en los ojos, que los tenés hundidos?. Nada; es que tengo una gripe bárbara. No sé si se lo creyó.

En Larrañaga casi Av. Italia funcionaba una escuela nocturna. Se me ocurrió que yendo a ella, volverían las emociones de la infancia. No quería que la luz de aquel gurí lejano dejara de alumbrarme. Entonces, con la excusa del abono tranviario más barato, invité a Pascual a inscribirnos . Nada que ver; si bien aquel gurí aún seguía vivo, iluminando así cada recuerdo, el también había cambiado. Que vamos a hacer; los sueños son irrepetibles. Ya no son los mismos ni nosotros ni el ambiente. Como no es la misma aquella limpia capacidad de sentirlos. Sin embargo, cuando rememoro los hechos de aquel tiempo, me doy cuenta, ya lo dije, que el niño y los sueños de la infancia feliz se resistían a abandonarme. Y se siguen resistiendo. O tal vez yo no dejo que se marchen. Todavía , envueltos en luz, muchas veces me visitan aunque no los llame. Se imaginan en aquel tiempo, a tan solo seis años de ausencia . Más de una vez, cuando me atacaban las saudades, tomaba el tranvía, cerraba los ojos, y el traqueteo monótono de sus ruedas se transformaba, al conjuro de mi deseo, en el del ferrocarril que otra vez me llevaba a mi pueblo. Ya andaba, cuando eso, por los diez y ocho años.

EL DESTINO Y LA FLAUTA

Creo que lo dije; entre los compañeros de fútbol y caminatas por Ocho de Octubre, donde por la tardecita y la noche la muchachada, (ellos y ellas) paseaba tirando el anzuelo, una preciosa costumbre del Montevideo pueblerino de esa época, estaba Javier Russo, hijo de quien luego fue mi maestro. Este tenía, cerca del arroyo la Chacarita un casa de recreo. Era casi campo, pero habían edificaciones cercanas.
Hace poco pasamos por ahí con Santiago; irreconocible; lleno de viviendas precarias. Entonces estaba poblada de árboles, pinos en su mayoría. En el frente de la casa de don Quico había una fila de ellos. Nuestra barra, éramos seis o siete, después de un viaje que entonces parecía largo, arrancábamos cantando camino de la casa. Al llegar en fila india, a medida que nos acercábamos a cada árbol, dábamos una vuelta completa a su alrededor siempre cantando a grito pelado. Y no éramos nenes. El más chico era Pascual y tenía quince; los demás entre diez y ocho y veintiuno. Más o menos. Comparado con nosotros, el caballo de Artigas era un pobre animalito castrado.
Los vecinos pensarían que éramos locos; no hay que olvidar que entonces era zona rural. Yo llevaba siempre la flauta; la tenía que meter en el agua para que se mojaran las zapatillas y sonara. Había perdido el trabajo, y me sentía incómodo en casa. Me parecía que estaba robando la comida; mi hermana, por supuesto no me decía nada; pero equivocado o no, uno pensaba que era muy grande para vivir de arriba. Y esa manera de pensar tal vez decidió mi futuro. Don Quico necesitaba quien cuidara la casa de afuera, y ahí fui como un solo hombre. Pascual le había hablado para que me enseñara; el viejo me escuchó, pobre, y me ofreció hacerlo. Me regaló métodos, me prestó una flauta que fue de su maestro, Gerardo Grasso, autor del pericón nacional. La pobre flautita estaba vieja y estropeada; pero era para mí la mejor del mundo. Me enseñó gratis. Cada vez que voy a cobrar la jubilación, me acuerdo de él y su generosidad.
Los muchachos iban a menudo; nos mandábamos algunas comilonas que ya te digo. Había un perro loco. Pascual había estrenado una gabardina preciosa, llegó, y el can se hizo el dormido. Pero como aquél lo conocía, se armó de una piedra machaza. Y entró. En cuanto hubo pasado, el pichicho dijo: ¡al ataque! y se le prendió de la gabardina. Todavía lo veo patente; el perro que se prende y el flaco (en ese tiempo lo era), que le acomoda la piedra en la cabeza. El bicho quedó frito, con las patas duras. Después volvió en si y se retiró en vergonzosa derrota. A Pascual solo le faltó golpearse el pecho y ensayar el grito de victoria de Tarzán.
En la casa habían dos caballos, uno grande que había sido de la Guardia republicana, y un petizo que como todos lo de su condición tenía un ego caballuno impresionante. No entendía que algún otro corriera más que él.
Un día íbamos Javier en el grandote y yo en el petizo; la calle era de hormigón, yo iba unos metros detrás; luego de doblar la esquina Javier arrancó al galope. Mi petizo agachó la cabeza y arrancó también. Pero era una esquina, y al tomar la curva patinó y se desparramó. Cuando vi que rodábamos, me tiré. Por suerte. El enano dio una vuelta sobre sí mismo; me hubiera caído encima. Otra salvada y van ... Sentí un dolor intenso en la cabeza y uno menor en la muñeca; lo de la cabeza pasó; no hay hormigón capaz de vencerla, Pero la muñeca se empezó a hinchar y a dolerme muchísimo. Es noche me dormía y el dolor me despertaba.
Al día siguiente al Pasteur. «¿Estás seguro que no hay fractura?, «Tendría que haberme dolido más.» «Es que sos muy guapo; hay fisura de muñeca.» Puta madre, justo ahora que había empezado a estudiar, cuarenta días de yeso. Me aprendí en ese lapso, el Menozzi y el Eslava. Ya sé que están perimidos; pero más lo han de estar aquellos donde estudiaron Juan Sebastián, el Wolfgang, Ludovico, el Claude y tantos otros. Y mirá el legado.

Russo, por medio de no sé quién, me consiguió un puesto en la banda de la Escuela Militar, lo que significaba un ascenso de categoría. De mozo en un boliche de proxenetas, lechero, herrero, fabricante de bisagras, boxeador, bailarín compadrito a integrante de las gloriosas fuerzas defensoras de la Patria, no me van a negar que era un gigantesco paso adelante. Y arriba.
Así que retorné a mi casa; ya no era un peso en la economía familiar. Vivíamos en Industria y Rousseau, pero pasaba casi todo el tiempo en el viejo barrio. Ahí vivía mi maestro. Un día que tenía clase, al llegar a Propios me di cuenta que no llevaba la flauta; pero como siempre iba con mucha anticipación, pude volver a buscarla. Lo que demuestra fehacientemente que nada tiene que ver la suma de los años, sino que las distracciones no son otra cosa que la prueba inequívoca de la condición del genio.

BRILDA

Y se produjo. También vivía don Felipe, dueño de la casita donde en un tiempo vivimos. Y don Felipe tenía una sobrina; Brilda se llamaba, que daba las doce antes de las diez. Era realmente una hermosa muchacha. Como dice el tango, se paraban pa mirarla. Yo también me paré; pero pa mirarla y decirle. Y mirá lo que pasa por hablar. Hasta hoy. Pero ahora la que habla siempre es ella.

Volviendo a mis actividades como integrante de la milicia, además de tocar alguna diana para los cadetes, interveníamos en los desfiles cuando las fechas patrias. En esas oportunidades lucíamos el uniforme de gala, el mismo que los muchachos, futuros oficiales.. Con un penacho en la gorra. Una preciosidad.
Todavía el ejército no era mal mirado; (me refiero a los oficiales), como durante y después de la dictadura. Así que las muchachas para ir a verlos, creo que se ponían bombachas de goma para no provocar una inundación. Veían los uniformes, no importaba el relleno, y se morían.
Por Diciembre, luego de exámenes había maniobras en los Cerrillos, un localidad de Canelones. Más o menos quince días. Y allá iba la banda. Entonces ésta no hacía instrucción militar; éramos civiles. Estábamos sujetos al régimen solo mientras duraba el servicio. En las maniobras nuestra obligación era tocar diana a las cuatro de la mañana, y alguna retreta para los cadetes. Las carpas eran para dos; las agrupábamos por fogones. El nuestro, al que llamaban de los cebollitas estaba compuesto por los más jóvenes; Sparano, los Pietrafesa, Ovidio, Fradiletti, y yo. Nos daban lo que se llamaba la ración cruda. Aproximadamente un quilo de carne por persona, arroz y porotos. Lo demás lo llevábamos nosotros; aceite, fideos, salsa de tomate, etc, y algo de vino de contrabando; en realidad era un picnic corrido. Tocábamos diana todavía oscuro; terminábamos, «¡rompan filas!» y como un solo hombre todos los del fogón a robar, (expropiar, bah) leña de las cocinas de campaña. Un palo cada uno, más ramas y bosta seca, y ya teníamos para todo el día. Y a dormir otro poco, jugar a las damas y estudiar; todos los del fogón lo hacíamos. Los otros, que eran más milicos que músicos, nos reprochaban el pelo largo. Un día el Director de la banda me dijo: Bosco; si no se corta el pelo se lo va a cortar el peluquero de la Escuela. ¡Pero Maestro, si no se ve!. Me lo metía debajo la gorra. Tuve suerte; eran otros tiempos.
Siempre que podíamos nos escapábamos a pescar al Santa Lucía; quedaba más o menos a un quilómetro a campo traviesa. Una mañana después de la diana, nos desayunamos y con el mayor de los sigilos nos fuimos al río; había un monte indígena precioso y tupido. Años después pasé por ahí y no quedaba nada. Los defensores de la Patria no respetan demasiado el medio ambiente. Regresamos antes del medio día; lo hacíamos por el cauce de una cañada cuyas barrancas nos ocultaban. Veníamos agachaditos. Pero un tipo al que más vale no nombrar, nos vio. ‘Mi principal; por la cañada vienen Sparano, Bosco, etc. que se escaparon a pescar.» Para castigar la indisciplina había trabajos específicos; traer leña o agua, hacer guardia, etc. (no sabíamos si se agarraba el fusil por el caño o la culata; pero el reglamento es el reglamento. Faltaba más. Entonces Pintos, era el encargado de la banda, dijo: fulano a traer leña, zutano guardia, etc. Y dirigiéndose al delator: « Ud. por alcahuete va a acarrear agua por dos días.» Yo le pedí para hacer guardia, pues el lugar era una rinconada preciosa llena de árboles y de pájaros. El tiempo se te pasaba volando.
Terminadas las maniobras, a la rutina. Los Jueves a las cinco de la mañana, tocábamos diana; yo vivía en Industria y Ovidio en Gloria casi Centenario. Como me quedaba de paso lo despertaba apedreándole el rancho. En sentido literal, no figurado; si no, no se despertaba. Un día me dormí, y él, ni que hablar. Pero los Jueves de tarde también había actividad; se tocaba retreta frente a la Escuela. Los dos teníamos novia; si hubiéramos ido de tarde, ya no salíamos. Entonces decidimos no ir, y hacerlo el día siguiente ya preparados para el arresto. Nos llevamos platos, cubiertos y libros. Nos tocó una semana; dormíamos en la cuadra de la tropa, debajo las gradas de la cancha. Cada cual tenía que tender y destender la cama y envolver la frazada y el poncho. Los milicos lo hacían en tiempo récord; cuando el último había terminado nosotros estábamos en veremos. Lo envolvías de un lado y se te escapaba por el otro. El segundo día mientras lo hacíamos, a Ovidio le dio por recitar: «Cuarenta balcones y ninguna flor. ‑¿Hay en esa casa alguna niña novia, hay algún poeta lleeeno de ilusión?.» ‑Y acentuaba el lleno. Entonces yo recurrí a Juana de América. «Caronte; yo seré un escándalo en tu barca.» Etc. Te imaginás la sonrisitas de los milicos. Entonces por las dudas le dije Ovidio; vamos a parar en salvaguarda de nuestra virtud. Bastaba mirarles las caras para creerlos capaces.
Y se me presentó la oportunidad, un puesto en la Banda Municipal. Cada minuto libre me lo pasaba estudiando; vivía prácticamente en la casa de mi maestro. Doña Cata, la esposa, me preparaba huevos con vino garnacha para reponer energías. Estudiaba hasta ocho horas; solo dejaba para ir a los ensayos. Eran cortos. Pasé quince días sin ir a ver a la Brilda; estaba realmente concentrado. Pero gané el concurso a Pietrafesa, pobre, que tenía tres años más que yo de estudio. Fue feo, porque éramos compañeros; pero como dijo Perogrullo, cuando uno gana el otro pierde. Que vas a hacer.

LA OSSODRE....

En el Sodre se estrenaba la Consagración de la Primavera, y con Kleiber; casi nada. Se necesitaba una flauta más y me llamaron; era como debutar tocando con Dios. El concurso reciente fue una carta de presentación. Quince días antes Ascone empezó a preparar los vientos, por suerte.
Se imaginan el contraste; poco más de tres años de estudio, y como práctica, marchas, algún paso doble y el asesinato de intermezzos de zarzuelas con la banda militar. Y ahora, sin anestesia, encontrarte con cambio de tiempos cada pocos compases; 5/16, 3/8, 7/16, mama mía; deja quieto, como decían en mi pueblo. Salía de los ensayos con dolor de cabeza, yo que nunca los había tenido.
Al empezar los ensayos con la orquesta, me parecía mentira estar junto a Fabri, Vasellí, Carrasco, Navatta. Eran personajes a los que uno magnificaba; y yo estaba ahí, con Kleiber en el podio. Un año atrás ni lo hubiera soñado. Y nada menos que con Strawisnki. Todo el mundo se llevaba las partes; nadie estaba acostumbrado a esa música; solo se transitaba el repertorio tradicional.

Y aquí otro ejemplo de la mentalidad castrense. Yo había ganado el concurso en la municipal pero todavía no tenía el nombramiento. Cuando empezaron los ensayos con el Sodre, eran de mañana y no chocaban con los de la banda militar. Pero un día sí, porque teníamos de mañana un servicio. Nunca fue mejor aplicada la palabra servicio, pues realmente lo que hacíamos con la banda era como para llenar la palabra. (De significado; claro.) Entonces me apersoné al Cap. Ballestrino para pedir mi baja. “De ninguna manera Bosco; a personas como Ud. modelo de corrección y capacidad, bla bla bla, no le voy a crear problemas. Vaya tranquilo que le anoto como autorizado a faltar.” Y este abombado se olvidó. No era mal tipo, pero si lo que en la jerga de cuartel llaman un apretado. Como era asimilado, se arrugaba ante sus pares de línea. No se animó a asumir su responsabilidad; ¿y por dónde se rompe el hilo?. Me metieron preso: arresto de rigor. Eso quiere decir que estaba en una especie de calabozo separado de los demás. Pero en ese caso, si el arrestado considera que no es culpable, tiene el derecho de hablar directamente con el jefe. Y pedí audiencia enseguida. El oficial a quien la pedí fue como bala a avisarle a Ballestrino. Y como bala apareció el susodicho. Pero Bosco, ¿por que me ataca?. Maestro; (en la puta vida le dije capitán), yo no lo ataco; me defiendo; Ud. sabe bien que le pedí la baja, etc. etc. Pero del Sodre se habían movido y vino la orden de liberación. Por supuesto, a la Escuela nunca más. Cuando al día siguiente llegué al ensayo, la orquesta en pleno me aplaudió; y Kleiber, con su risita socarrona dijo;
como, ¿no le fusilaron?.
Pocos días después llego al ensayo y me encuentro solo en la fila; una epidemia de gripe había raleado todos los sectores. Estaba de segundo flauta; era un pobre náufrago en el proceloso mar de Strawinski; sin embargo, me defendí como pude. La cosa es que Kleiber me felicitó en un par de oportunidades. Me entró un viento en la camiseta que no sé como no levanté vuelo con silla y todo. Cuando Russo se enteró, lo desparramó en la banda. Así que todo el mundo me prodigaba elogios. Yo ponía cara de no tiene importancia, pero me sentía muy feliz y más seguro.
El 2º flauta, López Freire, se jubiló; entonces me contrataron como extra estable hasta que se realizara el concurso.

Cuando se colocó la piedra fundamental del puente sobre el río Negro, en Mercedes, fue la orquesta. Era época de guerra, las cubiertas escaseaban, se usaban hasta que se podía. Pusimos como ocho horas para llegar. Toda una odisea. Antes de llegar a Mercedes, vuelta a pinchar; esta vez casi enfrente a una estancia. Apareció el estanciero. Todo un personaje. Llegó a campo traviesa en un Pontiac de la época. Había llovido y venía en primera y a fondo; más que rodar, navegaba en zig zag levantando nubes de barro. Se había trancado una tuerca y no se podía sacar la rueda. El hombre, servicial como buen criollo pidió la bolada. Pero hete aquí que la tuerca no salía. El amigazo se ve que en el almuerzo le había dado al vino sin piedad. Se afirmaba en la llave y no había caso; entonces se desbocó. Tuerca puta, conmigo no vas a poder. Pero pudo. Hubo que traer un caño para hacer palanca y así, con la ayuda del viejo Arquímedes ganarle a la rebelde.
En Mercedes nos recibieron con todos los honores. En una vieja casona, sostenido por el sarzo del parral, habían puesto un enorme toldo. Estaba lo más granado de la hai laife del pueblo. Una cantidad de mesas para el banquete; alternados, un músico y una niña o dama del lugar. A mí me tocó una estanciera. El padre, claro, era el dueño del campo. Decí que la Brilda ya estaba apalabrada, que si no, capaz que en vez de tocar la flauta andaba contrabandeando vacas para Brasil y haciendo propaganda por el Partido Nacional.
Durante la comida, mientras yo luchaba como un héroe contra un asado con cuero, se produjo un breve apagón; cuando volvió la luz, las mamás aparecieron como por arte de magia, paradas como soldados, cada una detrás de su nena custodiando su virtud. Mussetti, que estaba cerca, decía que les faltaba tener un hacha en la mano.

Y CAYO EL RAYO...

De manera que mi vida había cambiado. El puesto seguro en la Banda y el contrato en el Sodre, solucionaron el problema económico. Pronto cumpliría los veinticinco: así que había llegado la hora de casarse; la Brilda estaba esperando.
Y de improviso, el cataclismo, La cosa empezó un doce de Octubre; estábamos con Russo esperando un ómnibus para un concierto de la Banda, cuando empezé a sentirme mal. Fiebre, tos, catarro. Gripe, pensé; a la cama a esperar la mejoría; pero la mejoría no llegaba. La fiebre persistía, especialmente por la tarde. El Dr. Protto, amigo de Lola, que trabajaba en endocrinología, me revisó concienzudamente. Venite por el Pasteur, que quiero verte en los rayos. Rayo fue el que me cayó encima cuando le dijo a un médico amigo mientras me hacían la radioscopia; ves, tenía razón; aquí en el pulmón izquierdo es la lesión.
Jamás, ni antes ni después supe lo que era un desmayo. Cuando salí al corredor, venía una nurse amiga de Lola. Yo estaba sentado en un banco al que no sé como había llegado; y cuando se acercaba, veía su cara que aparecía y se ocultaba tras un telón de manchas oscuras. Llegué a casa en estado de shock; era un día de sol radiante, pero la desesperanza me hacía verlo todo gris. En ese tiempo no había antibióticos para esa enfermedad. La tuberculosis era casi una sentencia de muerte.
Cuando llegué a casa y se lo dije a la China, la pobre quedó blanca, y eso que era de piel aceituna. Me imagino aterrorizada pensando en Antonito, su hijo, en ese tiempo adolescente. Felizmente no se contagió.
Entonces decidí curarme. Fui al Saint Bois mientras se conseguía un sanatorio; y encontraron uno en Colón. El tratamiento era alimentación, reposo, calcio y sales de oro. Lo que me transformó en una joya. No gastaba energía ni para llevar la reposera bajo los árboles, donde me pasaba todo el tiempo. Me la llevaban el enfermero o la empleada. Como uno padece de simpatía congénita, en poco tiempo era el mimoso de ambos.
Dije que decidí curarme; y vaya si lo cumplí. Estaba rodeado de gente, (me refiero a los enfermos), que como dice el tango se entregaban mansamente. No me entregué nada. Esa maldita enfermedad quita el apetito y mata la voluntad. ¿Ah si?, la voy a pelear hasta el fin. Brilda salía del trabajo y me llevaba la comida; la China hacía otro tanto, llegué a comer nueve veces por día. Luis, el enfermero, me decía; te vas a curar el pulmón pero te vas a reventar el hígado. El hígado que se joda; ya lo arreglaré; a mi dejame curar. Lo demás es lo de menos.
Una tarde me subió la fiebre; me metí en la cama, y de pronto un acceso de tos, pero con la tos, sangre. Una hemoptisis que debía ser grado diez en la escala de Richter. Me asusté, no lo niego; pero mi reacción fue instintiva, creo. “La reputísima madre que te parió; conmigo no vas a poder. Me voy a curar”
Como dije, cuando Brilda salía de trabajar, corría para agarrar el ómnibus y llegar a tiempo al sanatorio. Los primeros días no la dejaba acercarse por temor al contagio; pero al mes, ya los análisis de esputos eran negativos. Le estaba ganando la pelea a los bichos.
Me pasaba las horas en el patio leyendo, mirando pasar las nubes, añorando la orquesta y esperando la próxima placa. En la primera se veía clarito la lesión; zona subclavicular izquierda; en la segunda, había una reducción visible. El Dr. Gallinal, magnífico médico y mejor ser humano, me aconsejó empezar a moverme lentamente. Caminaba por Lezica y Lanús, entre viejos eucaliptos sonoros de pájaros. Ya empezaba a reconciliarme con la vida.
Tenía prácticamente encima de donde ponía el perezoso, un nido de picaflor. Era una maravilla. No me explico como hicieron para doblar una hoja de ligustro y tapizarla de algodón. Era diminuto; los huevitos eran como cuentas para un collar. Cuando nacieron los pichones, no eran más grandes que los bichitos de humedad, y más negros que el alma de un prestamista. Pero colaboraron para mi restablecimiento.
Una vez la China me llevó zapallitos rellenos; cuando los estaba comiendo me sentí mal. fui al baño y arrojé. Volví, me senté y seguí comiendo. Había que seguir peleando. Vi morir a mi alrededor mucha gente por falta de voluntad.
Cuando ya estaba prácticamente curado, el Dr, con carita de pícaro me dijo: si querés darte una vueltita por ahí, podés hacerlo; pero no abuses. Ni soñar; muchas gracias. Y eso que con el reposo, la sobrealimentación y la continencia, el viejo Eros engalanaba mis noches con unos sueños abracadabrantes a los que más vale olvidar.
Hasta que la última placa dijo que estaba curado; eso fue en Marzo. Así que en cinco meses había ganado la batalla. El Dr. dijo no conocer un caso igual. El pobre no sabía que mi papá, consumada su obra de arte rompió el molde.
De nuevo el cielo volvía a ser azul, y la vida a cobrar sentido; pero con otra visión de sus valores. En todo ese tiempo pensé muchísimo sobre lo que realmente importa y lo que no. Cuando la muerte está tan cerca, te das cuenta de lo idiota que es el hombre, (o la mujer) que se siente personaje porque la fortuna lo ha dotado de inteligencia, belleza, dinero o poder. Son cosas tan sin verdadera importancia..... Cuando pasás por un trance así, aprendés a reirte de ti mismo cuando la tonta vanidad te pone lentes especiales para que con ellos te veas importantísimo e insignificantes a los demás.

CASORIO

Por Mayo pregunté si me podía casar. Ahora mismo si querés. Pero esperé hasta el año.
Al volver a las actividades me encontré con que en mi ausencia habían nombrado a Elena di Fiore; pero me habían mantenido el contrato; así que el aspecto económico no presentaba problemas.
Don Quico vivía en una casilla de dos plantas diseñada y construida por él. Como iba a comprarse una casa, vendió el terreno y la casilla aparte. Se la compró mi cuñado, y ahí empezó mi carrera de arquitecto, ingeniero y anexos. Desarmamos la susodicha casilla y la armamos en el terreno de Atilio; bajo mi dirección técnica, mano de obra incluida. Agrandé la pieza que había sido del hijo mayor de Russo; me quedó de primera. Ya no había más excusas; así que el trece de Marzo de mil novecientos cuarenta y siete me casé con la Brilda. No hubo fiesta; solo una reunión estrictamente familiar. Solo Govea, padre de un querido compañero de orquesta fue sin invitación; dijo que de cualquier manera él quería acompañarme en ese acontecer. Un amigo taximetrista nos regaló el viaje a la aduana; nos íbamos a Bs. Aires. Me compré dos botellas de sidra, y antes de ir al puerto pasé por lo de Russo. No lo invité pues era familiar la cosa; pero no hubiera dormido en paz si no hubiera compartido ese acontecimiento con mi maestro. Los alumnos de antes no eran como los de ahora.
En el puerto estaban para la despedida parientes y amigos. Cuando zarpamos, además de los pañuelos, mi primo Miguel Angel, Atilio mi cuñado y otros amigos nos saludaban con las manos; algunos con tres dedos en alto y otros con cinco. Nunca me quedó muy claro si eran saludos o recomendaciones.
Si esperan que les cuente en detalle la noche de bodas, están arreglados. Lo que sí les cuento es que después de lo que comimos en la reunión, la sidra en la casa de mi maestro me cayó como una bomba. Era una cosa mire, de no parar. De la cama al baño y viceversa. Toda la noche. Dijera don Verídico; hombre especial pa organizar caminatas la noche del casorio aura que dice, el Bosco. Después de todo, una buena excusa para no cumplir con las recomendaciones, si lo eran. Nunca lo supe; la Brilda menos. No tomé sidra nunca más; solo una vez en Chile porque creí que era espumante. Cuando me di cuenta era tarde. No me hizo mal. Es que no era necesario.

EL SANTI

El 24 de Mayo de 1948 nació el primogénito. 2,8 kg, peso lástima. La cabeza andaba cerca del quilo; calculen. El parto fue dificultoso. De pronto la China dice: pero este nene está violeta. La enfermera lo llevó corriendo a la incubadora. Cuando lo fuimos a ver, estaba sentadito debajo una campana de vidrio; cada respiración, era un quejido; la abuela materna, con el característico tacto familiar, dijo: “Iindo gurisito, ¡pero como se queja! nunca vi ninguno así.» Se imaginan como habré llegado a casa yo que no soy aprensivo; cada pierna me pesaba una tonelada. Felizmente capeó el temporal. Cuando fue el momento de dejar el sanatorio me dijeron si quería verlo cambiar. Era un renacuajito pura cabeza; le sobraba cuero por todos lados, y estaba sumergido en una especie de barro verdinegro. Belleza, lo que se dice belleza, no era. Estaba ictérico; la pediatra nos recomendó no bañarlo hasta que el color se normalizara. De ahí viene la cosa. Brilda lloraba porque no quería comer. ¿Que me decís?. A los cinco meses pesaba cinco quilos, pero había cambiado; ahora si era precioso, subíamos al ómnibus y la gente se daba vuelta a mirarlo. Difícil de imaginar, ¿no?. Después lo de no comer quedó atrás y los cinco quilos también.
Sin embargo tanto él con sus noventa quilos o más, como su hermana que llegó ocho años después y tampoco es un alambre, caben enteritos en mi corazón, en el que todavía queda lugar para los tres nietos. A la que hay que agregar a Julia, regalo de Virginia que nos hizo bisabuelos.
El Santi ya de chiquito dio pruebas de su originalidad. Primero fue una erupción que abarcaba la cara, pecho y cabeza. No había como pararla. En la cabeza se le formaban unos costrones que había que sacárselos con una tarjeta. Quedó pelado como bola de billar. No hubo cosa que no intentáramos. Hasta que alguien nos recomendó la homeopatía. No sé si fue casualidad, pero en menos de un mes se le fue todo. Después se pescó la escarlatina, y se cayó de cabeza de la camita que tenía semejante baranda. Yo estaba en el patio con mi cuñado Andrés y sonó como un adoquín. Vino el médico y lo dejó en observación veinticuatro horas. Ja, mirá las consecuencias. Todavía no caminaba cuando empezó a hablar. «Chaguito; decí la fórmula del ddt.»‑ Dicloro difenil tricloroetano.‑ Era una luz; tanto que a menudo nos llamaban de la escuela porque escandalizaba toda la clase. Pero era buenito.
Tanto él como la hermana aprendieron a leer antes de ir al colegio. Con mi formidable capacidad pedagógica le enseñé al Santi el nombre de las letras; no el sonido. Y una tarde a la siesta, ¡eureka!. “¡Papá, acá dice Peleuteo!”. Era Pluto; lo había descifrado solito. Que Champollión ni Champollión.
Hasta ahí todo bien. pero los ratos amargos si los recuerdo; la jaqueca oftálmica, el ataque en el ómnibus, y la ida al laboratorio a buscar el resultado del electro. ¿Bosco?; y la muchacha me miró seguramente como a todo el mundo, pero me pareció que lo hacía en forma especial. No había llegado a la puerta y ya lo había abierto, nada grave. Una irritación que causó un pequeño foco epiléptico; pero que como dije, no revestía gravedad. Yo que no soy creyente, en ese momento creo que le di gracias a Dios; y me tomé, cosa que no hacía jamás, una grapa en el boliche.
Y ya que estamos con los críos, dejemos la cronología de lado para hablar de la hermana. La nena de chiquita tenía su carácter; hubo que forrar las barandas del corralito con piel de cordero pues cuando la niña se enojaba, la emprendía a los cabezazos con lo que hubiera más cerca. Solo tuvo un sarampión terrible con recidiva; el Dr. Alonso venía a diario por su cuenta, era un médico de vocación, siempre lo recuerdo con agradecimiento. Cuando vió que brotaba nuevamente, se sintió tranquilo. Pienso que su problema de oído sea consecuencia de ese sarampión Después una bronquitis rebelde; le mandaron playa, todo lo posible. Todos los días la llevábamos a playa Verde; en ómnibus, claro. El auto todavía ni soñar.

Hasta que Antonito el hijo de la China pensó en casarse y necesitaba la pieza.
Siempre me resistí a pagar alquiler; pienso que el hacerlo es como tirar el dinero. Empezamos a ahorrar pero no nos daba para la compra de un terreno vecino. Entonces con la garantía del marido de Lola conseguí un préstamo bancario por 3.500 pesos. Cobraba el sueldo, pagaba la cuota y con lo que sobraba nos arreglábamos. Eran tiempos heroicos. Brilda confeccionaba sus propios vestidos y yo por tres años no me compré nada. Fumaba tabaco y armaba bien finito. Nuestros paseos eran visitas a Tía Catalina o a la madre de Brilda. En ómnibus, por supuesto. La primera heladera que tuvimos la hice yo; dos puertas, chapa por dentro, aislación de corcho y gabinete de madera. Arriba se colocaba el hielo; ahí iban la leche y la carne. Abajo las bebidas; agua con limón.
Había que hacer la casa. Como los ladrillos eran muy caros, me hice un molde casero y con la Doña nos fabricamos 900 bloques. Uno por uno. Algunas noches los gatos durante sus orgías nos deshacían unos cuantos; luego de la puteada de rigor, a añadirle portland al material estropeado y rehacerlos. Saqué un plano económico en la Intendencia y a trabajar. Mandé hacer los pozos para no reventarme las manos. Lo demás, armado de hierros, encofrado, cimientos, paredes, revoques rejas tejas y portón, obra de un servidor. En mi vida había agarrado un cuchara de albañil. Pero la necesidad aguza el ingenio. Por otra parte, es mucho más fácil hacerse un casa (cuando es chica), que aprender la flauta. O cualquier instrumento.
Con la ayuda de la Brilda que alcanzaba el hormigón, o calentaba alquitrán para impermeabilizar el techo. Una vez se le prendíó fuego y trató de apagarlo con agua. Solo una vez. Aquello fue una erupción. Le quedaron los lentes la cara y el pecho adornados por unas pintitas negras preciosas. Que susto.También contamos con la ayuda invalorable del viejo Doroteo, su padre.
Y la hicimos, nomás; a fines del cincuenta, ya estábamos viviendo en ella.
Entonces me hice una cocina eléctrica; dos hornallas y horno, toda de chapa; el horno aislado con amianto; y con tres distintos grados de calor. La hice a raíz de una apuesta con Adela. Me jugó a que no podría hacerla. Quedó de película. Fue durante una licencia. De mañana estudiaba, y por la tarde me dedicaba a la artesanía; era en lo de un amigo condiscípulo que tenía un taller de herrería.

UN VIAJE INOLVIDABLE

Mientras tanto mis actividades en la orquesta no eran de mucho compromiso hasta que Russo pidió licencia. Esto fue en el año 53; y ese mismo año se realizó en Salto el festival de los coros del Litoral, con la colaboración de la OSSODRE; todo un acontecimiento. Eso fue en Diciembre; luego empezaba nuestra licencia, así que con Brilda y el Santi marchamos en ferrocarril. Seguramente él jamás se olvidará. Nos bajamos en Paso de los Toros a lavarnos la cara para refrescarnos; hacía un calor insoportable y el agua se había terminado. Descubrí una planta de mburucuyá con una fruta madura; lo llevé volando a verla; esas cosas quedan grabadas para siempre en el alma de un gurí.
Y llegamos después de no recuerdo cuantas horas. Fuimos a parar a la casa de nuestras primas hermanas, Vinci Bosco. Me duché, y lo primero es lo primero; le pedí a Chito, el esposo de una de las primas, que me llevara a ver el río. Y lo hizo en un Ford A que tosía, corcoveaba y pegaba unos tirones que te dejaban tartamudo. El Chito era una ametralladora de puteadas. Lo había prestado; fuimos a la estación de servicio y cuando destaparon el tanque, un olor a queroseno que te volteaba. Si serían nobles, pobres fordcitos.
De nuevo frente al río después de veinte años; pero como dice Yupanqui, cada cual cree que no cambia y que cambian los demás. El era el mismo que vivía en mi recuerdo; un poco más angosto que el de mi pueblo; aquí es más profundo. El que había cambiado era el gurisito que estando más cerquita del suelo, entonces veía las cosas mucho más grandes. Me llevó a Arenitas Blancas, el balneario de la Ciudad. Unos días después, volvimos en tren de paseo; es un lugar muy bonito, y el Santi se perdió en la selva. Para él lo era. Lo encontró una Señora y le preguntó donde vivía; y el pobrecito dijo que en la calle Belén. Casi lo llevan al Cerro (de Salto, claro.) Pero lo encontramos antes.
El festival se realizó en el Parque Harriague, creo que así se llamaba; por supuesto al aire libre. Una noche magnífica, varios miles de personas. Salto es una preciosa ciudad, estaba soberbia, con un movimiento inusitado y la gente feliz. Ramón Vinci, mi primo, un ser humano de primera que fue más tarde Intendente, estaba tan eufórico que se le iba la mano al calcular el público.
Y aprovechando la licencia, a Bella Unión. Fuimos en motocar; delante nuestro iba una mujer con un niño en brazos; no sé calcular la edad; era un bebé. La madre le dijo a Brilda «en el hospital me dijeron que se moría, así que me lo llevo a casa».
Entre tanto el cielo se cubrió de nubes negro azuladas, que se desplazaban casi a ras de tierra, arrastradas por un viento huracanado. Era una típica tormenta tropical; el trigo se aplastaba contra el suelo, y se desató una lluvia impresionante. La oscuridad, desgarrada a veces por la luz lívida de un relámpago, le daba al campo un aspecto siniestro. La mujer, que iba sentada delante nuestro se volvió de pronto; mostró el nenito a Brilda, y con una voz inexpresiva dijo; «¿vio?, se murió.» Era realmente, una película de terror. Llegamos a Gomensoro bajo una cortina de agua; la señora se bajó con el nene en brazos, a esperar que la vinieran a buscar. Cuando partimos, estaba parada abrazada a su hijito muerto. No había llorado, acaso no era el primero. A esa pobre gente, el fatalismo o el Dios lo quiso así les sirve de escudo. A medida que nos alejábamos, su imagen patética se fue desvaneciendo desdibujada por la lluvia. Y pensar que hay quien se amarga porque se le estropeó la licuadora o no tiene el último modelo. Condición del homo sapiens. Que le dicen.
Les parecerá el argumento de un teleteatro, pero sucedió tal cual; el Santi se acuerda.Y llegamos a Bella Unión. 21 años después. Ya había cambios importantes; la viejas viñas habían dejado paso a las hortalizas de primor, tomates, morrones pepinos etc. La diferencia de clima hace que en Agosto ya estén maduros.
Al pueblo lo habían oficialmente declarado ciudad. Como dijo Dante ante las puertas de Florencia, me caigo en la diferencia. Estaba igual, con sus casas dormidas bajo el sol de Diciembre y la poca gente que andaba en la calle, caminando a paso tranquilo. Todavía la cordura campeaba por sus fueros.
Como habrán adivinado, me lo llevé al Santi primero al puertito y luego a la desembocadura del riacho, allí donde 25 años antes llevaba a pastar a la Pampita. No hay cosa que avive más los recuerdos que los olores. Cuando lo vi con sus cinco años, paradito cerca del muelle, ensimismado y envuelto en el perfume intransferible de río y espinillos bajo un sol abrasador, me vino a la memoria la imagen de otro, mirando embobado las jangadas. Y viendo emigrar a los patos, que dibujando en el cielo la imagen de una gigantesca flecha, volaban hacia el horizonte.
Fuimos después al Riacho, donde las ranitas saltaban como resortes vivos. No se olvidó nunca de esa experiencia.
Al volver a lo de Porta, donde parábamos, pasamos por un café donde nos tomamos un refresco. Pero tibio. Después a la Barra, el pueblito brasileño vecino. El puente era solo ferroviario, así que el Cuareim, ahí muy ancho, se cruzaba en bote. Compramos lo de siempre; ticholos, guayabada y caña. faltaba más.
Al regreso, pasaje obligado por la aduana; el aduanero sentado a la sombra de un paraíso, abanicándose, ni se molestó en ver que llevábamos. Sin embargo, le dijo al Santi, « y vocé; ¿u que leva ahí, sabe remar?» y se levantó para traerle dos tablitas, para que remara a la vuelta. Este era también un homo sapiens, pero no contaminado.
Terminaron las vacaciones y vuelta a Montevideo con la imagen viva en la retina y guardada en el alma del río inolvidable y el pueblito querido.

LA ORQUESTA

Y se vino la reorganización de la Orquesta. Mediante una ley especial se jubilaron una cantidad de músicos, entre ellos mi maestro. Se contrató a Baldi como preparador, y se trajeron de Europa los músicos que aquí no había. Vinieron trombones, trompetas, cornos, un fagot, oboes y corno inglés. Clarinetes y flautas no hubo necesidad. Que te crees.
Así que a prepararse para el concurso interno. Me ponía a estudiar desde la mañana, y Brilda me tenía que llamar más de una vez a comer. Y hasta la noche. Salía un rato a tomar el aire y descansar un poco, pero al momento parecía que me tiraban de la camisa para adentro.
Yo era cuarto flauta. Me presenté para que los compañeros no creyeran que por mi enfermedad me mantenían en el cargo de lástima. Quería hacer un buen papel, no creí ganarlo. Pero me fue bien; éramos tres concursantes, Elena, Cuevas y yo. El concurso duró toda la mañana; la Sonata en si menor de Bach, la Siesta del fauno, el Concierto en sol de Mozart con todas las cadencias, la Danza de los Espíritus y el Scherzo del Sueño de una noche de verano. Todo de punta a punta.
El ganar el concurso me enemistó con Russo; él quería que ganara Elena; era la primera mujer flautista del Uruguay y alumna suya. El viejo tenía un ego exacerbado.
Pero después de unos meses, para su cumpleaños compré una botella de vino español y lo fui a visitar. Puse en la balanza lo que me había dado, y era mucho más de lo que pretendió negarme. Al fin y al cabo como decía don Felipe, todos tenemos nuestros defectos buenos y malos. Los suyos eran más los buenos. Por otra parte, pienso que en la escala zoológica, el bicho desagradecido debe ocupar los peldaños más bajos. El forcejeo que debe haber para encontrar lugar. Una muchedumbre, mire. Si lo sabré.

Al reorganizarse la orquesta, ingresó una tanda de muchachos jóvenes en la cuerda; tocaban muy bien pero les faltaba práctica. Así que Baldi trabajaba solamente con ellos y los vientos íbamos una vez a la semana. Me vino de perlas.
Se imaginan los metros cúbicos de aire que pasaron por ese tubo. De la mañana a la noche.
Hasta que llegaron los ensayos; pisaba el teatro y el corazón se me desbocaba; tanto que fui al cardiólogo. Me auscultó, interrogó y se rió. «Lo que tenés es un susto (empleó otra palabra), de mi flor. Tomate un calmante y dejate de joder.» Tenía razón.
Empezaron los conciertos y llegó el primer solo importante; la primera de Brahms. En el primer movimiento hay un hermoso solo de oboe; el oboísta era Jean Louis Leroux, un francés recién llegado, medalla de oro del conservatorio de París. Temblaba como una vara. Yo pensé, no soy yo solo; así que si te tirás al agua con la nariz tapada y parado, te mojás lo mismo que si lo hacés de cabeza; con la diferencia que de esa manera lo disfrutás; de cabeza, entonces. Y me tiré nomás, con alma y vida, temblándome hasta los zapatos. Y dio resultado. Siempre lo hice así, no entiendo la música de otra manera.
Bach decía que la música es muy fácil; basta con hacer la nota justa en el momento preciso. Parece una broma; los músicos saben lo difícil que es lograrlo.
Traigo esto a cuento porque muchas veces en la vida, te llega la ayuda justa en el momento oportuno A mí me llegó con Jascha Horenstein. Hacíamos la décima de Shostakovich donde hay varios solos; a cada intervención de la flauta le prodigaba un muy bien, muy bello, etc. etc. Siempre guardo un recuerdo emocionado de ese director. Era uno de los grandes. Tanto sus elogios como los de Kleiber, fueron invalorables para afirmar la confianza en mí mismo. Que buena falta me hacía. Además la crítica mencionaba a la flauta como una de las brillantes adquisiciones de la orquesta. Que me decís. Así que quién me pisaba el poncho.
No se puede negar que una incontable cantidad de papelitos pugnaban por llenar la parte posterior de mi anatomía, como tampoco se puede dudar de la elegancia del giro literario empleado para dar a entender delicadamente lo que con otras palabras vuestras mentes están elucubrando. Bromas aparte, la enfermedad había cambiado realmente mi concepción de los valores. Cuando se me empezó a llenar, (el alma de orgullo quiero decir), me dije: pajarón ; andá a escuchar a Moyse o a Rampal. Entonces mi ego metió la colita entre las patas y fue a ocupar el lugar que le correspondía; que para el medio, después de todo no era tan bajo. Que también.

LILIANA

Y nació Liliana; un parto largo y dificultoso. Ya escribí de su propensión a romper corrales con la cabeza. Lo que no dije es que mujer al fin, no era amiga de ocultar sus conocimientos. Antes de los cinco años ya leía; entonces, cuando esperábamos turno en la mutualista me decía al tiempo que miraba a su alrededor y alzaba la voz para que la oyeran: «alzame que te leo loz nombrez de loz doctorez». Habrán notado que era zezioza. Cuando los leía, miraba de reojo a las buenas señoras que movían la cabeza y decían; ¡ah! que divina.!
Como teníamos que llevarla a la playa todos los días decidimos comprar un auto. Y lo compramos nomás. Auto es un decir; era una camionetita Crosmobile que cuando no saltaba la tercera rompía la directa. Lo único que no hacía ruido era la bocina; y tenía una suspensión que cuando te bajabas el hígado andaba por la nuca. Pero la disfrutamos como a ningún otro después.
Antes de tenerla, la Yaya hacía todas las tareas hogareñas en la mañana; al fin y al cabo no eran tantas. Preparar al Santi para la escuela, el desayuno para Liliana y para mí, cocinar, lavar, (lavadora de dónde ), limpiar la pieza y la cocina, hacer los mandados, (yo estaba en el ensayo,) y cuando llegaba, poner la mesa, servir la comida, luego lavar los platos, aprontar a la nena y caminar cuatro cuadras a esperar el 112 para ir a playa Verde. Verdaderamente, no sé porqué se cansaba tanto.

Y aunque parezca mentira, por primera vez, a los diez años de casados, salimos de vacaciones. Ovidio alquilaba un departamento en Piriápolis y nos lo ofreció generosamente.
Y allá fuimos; creo que por una semana. Todo un acontecimiento. No olvidemos que las vacas no eran tan gordas. Primero la pieza, luego el terreno, los gurises la casa y el auto, no costaron sangre ni lágrimas, pero si sudor. A mares. Otra que championes de marca y perfumes franceses. Así que cargamos las cacharpas, entré a saco en la quinta; también me dedicaba a la horticultura, y llevamos chauchas, zapallitos, lechugas, tomates y hasta acelga; la cuestión era abaratar la estadía.
Nos hicieron unos días preciosos, el departamento estaba sobre Piria, a unas cuatro cuadras de la playa. Todavía el cerro del Toro no nos era familiar; era todo un espectáculo verlo envuelto en la niebla matinal, y, un poco más lejos, la cruz del Pan de Azúcar, a la que embellecía el misterio de lo desconocido. La pasamos de primera. Todavía pasaba el trencito de Piria. Al retornar, Liliana venía dormidita; se despertó en casa, miró para todos lados y; «¡yo quiero ir a Piriápolis!» Felizmente después pudo ir bastante.

OTRA VEZ LA ORQUESTA

Y empezó la época gloriosa de la orquesta. No hablaré en detalle pues se necesitaría un tomo tipo enciclopedia y no sé si alcanzaría. Toda una generación de grandes directores que tenían como alfa y omega de sus vidas el amor y respeto por la música, ofrecieron, nos ofrecieron, un cúmulo invalorable de emociones y enseñanzas, lo que trajo como consecuencia la formación de un público joven e inquieto que poblaba las galerías, discutía a los maestros y era un termómetro que reaccionaba casi siempre en consonancia con nuestras opiniones sobre cada uno de ellos.
Antes de seguir, un poco de historia. Es bueno conocer algo de nuestra Orquesta. Alguien tiene el compromiso de escribir esa historia. Más que compromiso una obligación. El ha estudiado esa historia con el mismo amor y la misma entrega con que actuaba cuando era integrante de esa querida Orquesta. Se llama Carlos Häberli. A lo mejor al nombrarlo se siente tocado en su amor propio y de una vez termina dicha historia. Pero mientras esperamos que lo haga, en forma suscinta contaremos algo de su nacimiento, crecimiento y madurez. El 18 de Diciembre de 1929 se creó por ley el “Servicio Oficial de Difusión Radio Eléctrica. (S.O.D.R.E). como organismo descentralizado. En los considerandos del proyecto de ley, se cree “innecesario destacar la importancia que ha adquirido en todas las naciones del mundo ese servicio.”(Textual) Se refiere, claro, a la radiodifusión.
Los gurises de las últimas generaciones están acostumbrados a todos los productos de la tecnología; para ellos son tan naturales como si siempre hubieran existido. En cambio a nosotros cada nueva conquista de la ciencia nos asombraba. Nos parecían producto de la mente afiebrada de Julio Verne. Esto lo estoy escribiendo en una computadora. No estoy seguro si fue Galeano que dijo que para él, la computadora es una máquina de escribir con memoria. Que va; para mí el escribir a máquina era una tortura. Perdía más tiempo en corregir los errores que en escribir lo deseado. No puedo creer sea posible para mí ahora el borrar, corregir, intercalar, pegar, imprimir. Etc. Como decía el paisano de Paco Espínola, «mágica eso».
Pensar que cuando se creó el Sodre el oír una radio nos parecía un milagro. Y gracias a ese milagro el Sodre se creó. Y con él la Orquesta. Y con ella, la posibilidad de hacer que una cantidad de músicos, encontráramos la felicidad de vivir de lo que amamos. Un privilegio a los que muy pocos tienen acceso.
La Ossodre, nuestra Ossodre, se echó a andar en 1931. Tengo frente a mí el programa del primer concierto.(1) Bach, Concierto en fa mayor para Orquesta. (2) Bussoni, Turandot. Marcha. (3) Fabini, Isla de los ceibos. (4) Liszt, Poema sinfónico. Y por último, la Heroica de Beethoven. Fácilmente hay dos horas o más de música sin contar los intervalos. Daba para dos conciertos.
Uno de los motivos de su nacimiento, fue otro milagro de la tecnología. El cine sonoro. Mientras fue mudo, gran cantidad de pequeños grupos orquestales ponían fondo musical a las películas. De golpe eso terminó, y quedaron cantidad de músicos sin trabajo. Era un período de crisis terrible. Sin embargo los gobernantes de la época, a pesar de las dificultades económicas, pensaron que la cultura era una buena inversión. Que te parece. Igualito que ahora.

Otra pequeña disgresión antes de recordar eventos artísticos de de los que fueron protagonistas principales los Directores. Me han pedido explique por qué si esos directores tienen conocimientos musicales y técnica de dirección similares, no son todos parecidos. Menudo compromiso; pero trataré, dentro de mis magras posibilidades, de hacerlo. Hay una gama muy amplia de capacidades, tanto artísticas como técnicas. Están los audaces, que se pueden dividir en categorías distintas pero parecidas. Tienen de común denominador la inconsciencia. Vamos a ellos. (a). Los que no saben o saben muy poco y no tienen aptitudes pero tienen padrinos. (b) Los que no saben pero sí las tienen. (A las aptitudes me refiero). (c) A ellos siguen los que saben pero carecen de talento. Los dos primeros entran en la categoría de los audaces. El tercero puede ser un director correcto, (hay muchos, cada vez más), pero nunca un gran director. En cambio, los que además de talento y formación musical excelente son dueños del poder de comunicación, esos son los grandes directores. Que no son muchos. Por aquello de que muchos serán los llamados y pocos los elegidos.
Una Orquesta es un instrumento. Pero un instrumento vivo, que responde más a quien, como dije antes, es capaz de comunicarse que a la géstica, por correcta que esta sea. Por supuesto que el gesto corporal es una forma ineludible de establecer la comunicación Pero ese gesto debe partir de adentro del director hacia adentro de cada ejecutante, y no de afuera hacia fuera. En los grandes se da lo primero. La respuesta de la orquesta, cuando en el podio está un verdadero artista, es en algunos casos, casi mágica. No se sabe porqué; tal vez porque cada músico se siente parte de una emoción colectiva, que aflora cuando hay magnetismo en quien convoca esa emoción.
Recuerdo una oportunidad en que la O. De N. York llegó a Montevideo. Era esa orquesta una máquina perfecta de hacer música. La dirigía en esa oportunidad Mitropoulos. Creo se escribe así. Finalizó el concierto con la suite del Sombrero de Tres Picos de don Manuel de Falla. Nada menos. Al terminar esa maravilla, recuerdo que desde el arranque de los bajos, pasando por todos los sectores de la orquesta hasta el golpe de platillo final, fue una especie de fuego de artificio. Académicamente perfecto. Sin embargo, la invitada de honor, la música, faltó a la cita. Un piensa, con esa misma orquesta formidable y esa joya de la música española, lo que hubiera hecho Juan J. Castro. De ese Falla y sus fuegos de artificio Carlitos Häberli se debe acordar.
En cambio con Kleiber, De Sábata, Malko, Szomogy, Dorati, Horenstein y tantos otros, (no tantos), esa invitada siempre estaba presente. Para nuestra emoción y la del público, miembro entrañable de nuestra familia de los Sábados.
No sé si todo tiempo pasado fue mejor. Tal vez no. Pero haber sido partícipe y protagonista de esas emociones, aunque no hubieran habido otras cosas hermosas, que las hay y las hubo, hace que valga la pena, ¿por qué la pena?, valga la felicidad el haber nacido.

Y hablando de música, vaya un recuerdo para uno de sus hijos dilectos. Que era y es para nosotros un personaje entrañable. Don Eduardo Fabini. Desde los primeros tiempos en el viejo Sodre era una figura familiar; caminando por los pasillos, escuchando los ensayos de sus obras, con su aspecto bonachón y su forma de hablar pausada que no subía jamás de tono.
Los últimos tiempos apoyando cada tanto la mano en el pecho. Seguramente tendría dolores. Hasta que como dice Yupanqui, se le cansó el corazón y entró de golpe al silencio. Pero no del todo; para mí es imposible olvidarlo. Siempre asocio Campo con mis recuerdos de infancia, y no olvido la emoción de la primera vez que toqué el solo. Vi un gurí descalzo, sentado en el borde de la cañada, envuelto en la quietud de la tarde, mirando como el agua jugaba cantando entre las piedritas del fondo. Mientras en medio del silencio poblado de chicharras, el sol de la siesta quemaba con su luz de fuego el cielo y la distancia.

Volvamos a la Orquesta. Solo anotaré algunos de los momentos que quedaron grabados más que en el recuerdo, en la memoria del alma. El preludio y muerte de Isolda con De Sábata, el Larghetto del concierto de Beethoven por Szighetti, la Leonora Nº tres con Kranhal, la quinta con Kleiber, los Cuadros, especialmente la Puerta de Kiev con Malko, son como el navegar por el Uruguay una noche de verano, andar por las veredas de la Alhambra, entrar a la Sixtina, la Catedral de Toledo o el Museo del Prado, ver la primera sonrisa y escuchar la primera palabra de los hijos y nietos, motivo suficiente para agradecer el haber nacido.

Y el primer concierto importante como solista en la temporada de abono, un diez y ocho de Julio. Pensar que también un diez y ocho de Julio, un día ya tan lejano, había tocado el himno desde la ventana de la casa de mi pueblo. Ahora era el concierto en sol de Gluck y lo hacía en un teatro totalmente lleno, acompañado por una sinfónica. Dirigía Serebrier. A pesar del susto me fue muy bien.
Tuve la suerte de tocar con Kondraschin, el director de la 0. de Moscú la suite de Telemann, y con Howard Mitchel, de la de Wáshington, el Brandemburgués Nº 5 de don Juan Sebastián, en el que intervinieron además Pritch y Eva Vicens. En esas ocasiones me acordaba de mi padre. Si hubiera podido ver a aquel nenito que sacaba piezas de oído en la ocarina tocar conciertos como solista, acompañado por una orquesta sinfónica a la que dirigían por turno los maestros titulares de las de Wáshington y Moscú, lo ancho que estaría. No encontraría saco que le sirviera.
Toqué después varias veces con la misma Ossodre, una Orquesta cooperativa de corta duración y la de Cámara. La tía Catalina sí me pudo oír.
Pero cuando realmente estuve nervioso, fue cuando con el Santi hicimos, con la de Cámara, el concierto de Telemann para flauta dulce y travesera. Se dan cuenta, tocar con el nene. Ahí si me hubiera gustado que nos oyera el Viejo.
También acompañé a cantantes populares; Pedro Vargas, Leonardo Favio, Tabaré Etcheverri, Viglietti y a Zitarrosa en más de una oportunidad en el Solís, y toqué en el P.Peñarol con Piazzola, y en el Luna Park de Bs.Aires, en un festival cuando cayó Perón. Casi nos matan; como de costumbre, nuestra prensa libre y veraz nos había hecho creer que el pueblo estaba contra Perón. Nos dieron banderitas uruguaya para lucirlas. Ibamos en una de aquellas históricas bañaderas; por donde pasábamos nos decían de todo menos que éramos lindos.
Hice también jingles en cantidades industriales. El viejo Eolo seguramente se moría de envidia; soplando lo dejaba chiquito.

De la Orquesta y el quinteto del que luego hablaré, quedan en el recuerdo innumerables anécdotas. Seguramente las iré enumerando a medida que asomen a mi memoria. Si se le puede llamar memoria. De modo que habrá, eso es seguro, un divorcio total con el orden y la cronología. Yo sé que me lo perdonarán.

En una de las salidas de la orquesta, bastante comunes en aquellos tiempos, fuimos a Tacuarembó y Rivera. En Rivera el espectáculo era al aire libre. Se descolgó una llovizna que no paró por cuatro días; los integrantes del ballet paraban en Tacuarembó pues no había sitio en los hoteles de Rivera.
Para conseguir lugar para la Orquesta en esta Ciudad hubo que convencer al dueño del Nuevo Hotel a que nos diera alojamiento. El hombre no quería grupos numerosos pues estaba harto de delegaciones deportivas que dejaban un triste recuerdo de su estadía, signada por la viveza criolla. Quedó tan conforme con nosotros, que la víspera del retorno nos ofreció un copetín acompañado de tan variadas exquisiteces, que nadie después de eso, quiso cenar, a pesar de estar toda la lista pronta para servirse como de costumbre. Bueno; hubo uno que sí lo hizo. Donskoy, un compañero violoncelista, personaje irrepetible que se comió todo lo que vino. Hacíamos apuestas a que no llegaba al próximo plato y él, muerto de risa, seguía olímpico dándole a la mandíbula. Ganó con la fusta bajo el brazo.
El anfitrión, todo un caballero de los twenties, ataviado con un traje blanco impecable y zapatos haciendo juego, había traído de Livramento, cigarros de hoja en cajas para todos los comensales, y una botella de cognac Napoleón, pensando en el café post cena. Pero nadie cenó, y como una botella no alcanza para las ochenta personas componentes de la delegación, decidimos con muy buen criterio llevárnosla al anexo donde, como las habitaciones del hotel no eran suficientes, nos habían alojado. Eramos los tres delegados y seis o siete compañeros más; no pasábamos de diez. Como se pueden imaginar, ese Napoleón encontró su Santa Elena en Rivera. Fue una ejecución sumaria.
Ese anexo se constituyó en centro de confabulaciones varias, llevadas a cabo con el loable fin de hacer divertida la estadía que se prolongaba más de lo previsto.
La llovizna no cesaba, así que el concierto se posponía. Lo que no se posponía era el ir y venir a través de la frontera; el venir mucho más pesado que el ir. El bagayo era inimaginable. Entonces, los ocupantes del anexo, nos pusimos de acuerdo con el Sr. Gallo, encargado de las relación de la Orquesta con las autoridades locales. Un tipo simpatiquísimo, dueño de una voz estentórea y una actividad constante. El plan a llevarse a cabo era muy simple. Objetivo, aterrorizar a los contrabandistas. A la hora del almuerzo, cuando la delegación estaba en pleno dispuesta a atacar al pobre menú con el máximo entusiasmo, como de costumbre se hizo presente nuestro personaje. Pero en lugar de sentarse a la mesa, con su voz tonante se dirigió a los comensales. «Muchachos; para evitarles problemas les comunico que vengo de tener una conversación con el jefe de Aduana. Sucede que es vox pópuli la barbaridad de cosas que pasan por la frontera. No sé si saben que no se pueden pasar más de un quilo de azúcar, yerba café y dulce, más una botella de bebida por persona. En este caso, como excepción se podrá duplicar la cuota. Pero nada más. Un vista de Aduana vendrá a revisar las habitaciones del hotel. Por favor, no me comprometan.» Fue memorable. Un espeso manto de silencio se abatió sobre los presentes; creo que hasta podía oírse el crepitar de las coronarias de unos cuantos.
Es asombroso como situaciones imprevistas nublan la razón, haciendo caer a personas ya mayores en actitudes infantiles. Un compañero escondió las compras bajo la cama como si quien viniera a controlar fuera tonto. Por otra parte, cualquiera que pensara un momento caería en la cuenta que aquello era una broma. Sería absurdo pensar que alguien pretendiera inspeccionar el hotel, pues no tendría derecho.
Una noche, luego de la cena salimos a dar un paseo por la ciudad. Al regresar al anexo, nos encontramos con algo surrealista. Un compañero de orquesta, un personaje pintoresco nacido en Montevideo y criado en Nápoles, luciendo calzoncillos y camisilla blancos, medias marrones y zapatos negros, se encontraba parado sobre un pie, con el otro cruzado como en los daguerrotipos finiseculares, y con una mano apoyada en la pared para mantener la estabilidad. Absorto, contemplando una rejilla de desagüe donde un grillo norteño, (hay algunos enormes), cantaba a toda voz. Al vernos llegar nos preguntó: «¿y esto que é, un pacarito?.» Textual. Un pajarito nocturno y subterráneo. El era una excelente persona. En la orquesta tocaba el clarinete bajo, su sonido era muy hermoso, y en lo musical, intuitivamente expresivo. Pero cuando en ciertas obras aparecían pasajes endiablados, se enojaba con los autores. «¡¡Senvergüensa, ponerle meyone de nota a lo clarone, un estrumendo pesato!!. Como se ve que non tocano eyo». Los músicos de la época saben a quien me refiero. Todos lo queríamos.
Volvamos al anexo. No todos sus habitantes estaban en la confabulación con Gallo. Zabala, un vasco que tocaba la trompeta, después del episodio del grillo se tiró en la cama y recuerdo sus palabras, reflejo del temor al decomiso. «¡Y yo que me he metido hasta los hígados!». Entonces Di Prisco, el primer clarinete, al que yo no creía capaz de una broma de ese tipo le dijo. «Mire, Zabala; si Ud. gastó tanto y no quiere perderlo todo, yo me arriesgo; le compro las cosas por la mitad de lo que Ud. gastó. Si me las quitan, mala suerte; yo me quedo sin nada y Ud. no lo pierde todo; pero si no, es un premio que recibo por arriesgarme.» Zabala lo pensó un buen rato, y luego le salió del alma. «¡¡Coño, prefiero perderlo todo o ganarlo todo; que sea lo que Dios quiera!!.» Al final de la gira, cuando llegamos a Central, los changadores no podían con las valijas de algunos.
El anexo se transformó en un sitio de diversión a expensas de los contrabandistas. Compraran lo que compraran, lo mirábamos, preguntábamos el precio e invariablemente el comentario era: ‑»pero que disparate, habría que mandarlos presos a algunos de esos comerciantes por ladrones.»‑ En tal lado, (siempre el tal lado estaba a una punta de cuadras), lo venden por la mitad de precio. Algunos sospechaban y decían que de cualquier manera era barato; otros, en cambio se calentaban y para desengañarse buscaban, claro que con muy poca fortuna el negocio indicado.

Cambiando de escenario, el recuerdo de una estadía en Trinidad. Parábamos en el hotel Central, una casona frente a la plaza. Hoy ya no existe. La casona, quiero decir; la plaza está ahí. Yo compartía una habitación con Cuevas, y nuestros vecinos eran Leroux, el oboísta, un francés hacía poco integrante de la orquesta, y VIadimir Drobach, un franco alemán llegado en la misma época. Tocaba el violoncelo. Los dos excelentes músicos. Con ellos y Mercedes Olivera hicimos dos sonatas de Loeillet en el viejo Sodre, en una de las tantas temporadas de cámara de aquellos buenos tiempos. Nos pidieron autorización para pasar la grabación por C X 6; pues había salido muy bien. Lo hicieron muchísimas veces. Drobach era enorme; dueño de un físico impresionante; le llamábamos el oso, y hasta sus movimientos se asemejaban a los de ese animal. Esto sucedió al poco tiempo de la reorganización de la orquesta; yo estaba con uno de mis periódicos ataques de ciática. Eran terribles; me tenían que ayudar a calzar, no podía darme vuelta en la cama. Estaba seguro que con los años me iba a convertir en carne de hospital, candidato a ser tirado a la basura. Sin embargo aquí estoy. La ciática es solo un mal recuerdo; y junto con el pelo y algunas otras actividades, (no todas) ha desaparecido. Pero en ese momento no era un recuerdo; estaba en su máximo esplendor. Lo hago notar pues tiene que ver con lo sucedido.
Como dije, la pieza vecina estaba ocupada por Leroux y Drobach. A J.Louis le hicieron el sobre. Para quienes no saben lo que es, les cuento que es un artilugio muy simple. Se quita una sábana a la cama, y a la que queda se dobla por más o menos la mitad. Se cubre con la frazada y el resultado es perfecto. El candidato se acuesta, se tapa con la mitad superior, y cuando quiere estirar las piernas se encuentra que no van más allá de la mitad de la cama. Leroux no entendía nada. Se ve que no conocía la broma. Nosotros que estábamos informados, mirábamos por el ojo de la cerradura. No veíamos casi nada. Pero oíamos. Cuando se dio cuenta, se rió de buena gana. Pero al oso estos malditos le habían dejado la cama sujeta apenas.
No sé como lo hicieron; lo cierto es que cuando se acostó, se desparramó con un estruendo de terremoto. Lo que indirectamente hizo que mi ciática y yo entráramos en escena. Estos desgraciados le habían dicho al VIadimir: «cuidate de Bosco; mirá que te va a joder.» No les alcanzaba con desarmarle la cama, de esa manera mataban dos pájaros de un tiro. Es verdad que un santo en cuestiones de bromas variadas yo no era; pero no de ese tipo; no me gustaban. Pero eso el VIadimir no lo sabía.
Así fue que de improviso, se abre la puerta y la silueta del oso ocupa el espacio que ésta deja. La mirada torva, todo él con aspecto amenazante, solo faltaba un acorde dramático Mozartiano apoyado por un golpe de gong, para que fuera talmente la imagen del Comendador del don Juan. ‑ «¡Así que te hacés el fivo, ¿no?. Te gusta gromper camas, ¿eh?. Yo te foy a dagr»‑ «Sos loco, ¿no ves que no me puedo mover?. -Yo no fui, estoy con un bruto ataque de ciática, preguntale a Cuevas.» ‑ «Paga joder no tenés ciática». . Y se me vino. Aún ahora no puedo explicármelo. Realmente no me podía mover; pero al ver acercarse esa mole, no sé de donde saqué fuerza para levantarme y batir el récord de no sé cuantos metros llanos. Si habré corrido que no me agarró.

De la O.S.S.O.D.R.E. quedan cantidad de anécdotas solo interesantes para quienes las vivieron. Hay un par sucedidas durante actuaciones extra Sodre, con grupos formados para casos especiales.
En una capital del interior, fuimos con un director nacional a hacer, (es un decir, más bien deshacer) el Barbero. Uno piensa, como personas tan exigentes cuando de lo oficial se trataba, se avinieran a hacer cosas así. Claro, ­esto era una extra, y bien paga. La cosa es que la orquesta, en vez de tener los componentes exigidos por la partitura, estaba reducida a su mínima expresión. En los vientos, uno de cada familia. Así en vez de dos flautas y flautín como lleva la obra, estaba yo como navegante solitario. Lo mismo para todos, maderas y metales. No te digo nada de la cuerda; no sé si entre primeros, segundos y violas llegaban a ocho. Un violoncelo y un bajo. Recuerdo que le dije a Sparano; con esta orquesta esmirriada la tormenta del Barbero va a ser en un vaso de agua. Como no había foso para la orquesta se lo improvisó quitando dos o tres filas de asientos, y tablas de piso. El problema eran los tirantes sostén de las tablas; esos no se podían quitar. De manera que hacíamos milagros de equilibrio entre uno y otro. Había un solo atril para usar en común el violoncelo y el bajo. El cellista era Altieri, un italiano que tocaba muy bien, y el gordo Serio el contrabajista. Pero Serio era muy alto, por lo que era necesario levantar el atril. El violoncelo toca sentado; por lo consiguiente, el gordo se paraba detrás. Era todo un espectáculo. Serio se inclinaba hacia delante, y Altieri se descoyuntaba las cervicales para ver la música. Realmente era una caricatura de Quino.
Pero lo peor, o lo mejor, según se lo mire, llegó después. Se ve que era fecha patria, no sé cual; por lo consiguiente como es de rigor, iba el himno previo al espectáculo. En estos casos el público siempre canta; y para facilitar su intervención, en lugar de hacerlo en mi bemol, se toca en do. El Director lo dijo; pero llegado el momento la cuerda se olvidó; así que atacamos la canción patria en doble tonalidad. El público tenia para elegir. Aquello fue el desastre musical; claro que a los pocos compases se arregló. El Pocho Sparano no podía tocar; le dio una especie de convulsión. Realmente inolvidable. De cualquier manera, por lo menos a pesar de las carencias económicas, se llegaba al interior siempre huérfano, (ahora mucho más) de eventos culturales.

Cuando volvimos a Tacuarembó luego del concierto en Rivera, actuamos en el cine de la ciudad. Espectáculo de ballet. La orquesta se coloca, donde como en este caso no hay foso, en el lugar que queda libre al retirar las tres o cuatro primeras filas de platea. Quedás junto al público.
Empezó la función, el cine completo, todo perfecto. De pronto la silla se me empieza a desarmar. Yo pensé; toda fuerza genera una contraria; si pretendo levantarme me desparramo sin apelación: así que me dejé ir. Pero la velocidad aumentó, y allá fuimos silla, flauta y flautista. Casi se traga la caña el oboísta; en la caída le llevé por delante la pierna a Elena; era un despiole el sector maderas. El Maestro Baldi hacía esfuerzos heroicos para mantener la seriedad, cosa que conseguía a medias. Estate fermo, me decía. Para estarme quieto hubiera tenido que quedarme en el suelo. Suerte que la gente estaba atenta al ballet; si no, hubiera sido la estrella de la noche.
Desde entonces siempre controlo la solidez del asiento de turno. Por aquello de non bís in ídem
En lo que sigue, también referido a la Orquesta no quito ni pongo Rey; la interpretación que le de cada uno depende de su conformación mental.
Terminados los conciertos de los Sábados, salíamos por la puerta de la calle Mercedes en dirección a Andes. En esa esquina estaba la puerta de salida del público. Con el tiempo, las caras de muchos habitués se nos hicieron familiares. Entre ellas, la de dos viejitas encantadoras que creo eran hermanas. Yo salía con Sparano y no recuerdo si los Núñez o Casalito. Como tantas veces, nos cruzamos con ellas, y delante de esos «nenes»: «¡ay, Maestro Bosco; usted todos los Sábados nos hace vibrar con su instrumento.! «Se imaginan la cargada. Para mí, pura envidia. No cualquiera tiene un instrumento capaz de lograr tal efecto a semejante distancia.